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El mito de la eutanasia: los argumentos para rechazar el suicidio PDF Imprimir E-mail
(La Razón , 8 de febrero de 2009)

El psiquiatra Herbert Hendin defiende en «Seducidos por la muerte» (Planeta) que la falsa compasión empuja a muchos médicos a aceptar el atajo de la eutanasia para los enfermos terminales, en lugar de ayudarlos a superar el miedo a morir.

Hace algún tiempo, un joven profesional de unos treinta años con leucemia mielocítica aguda apareció en mi consulta. A Tim le daban un 25 por ciento de probabilidades de sobrevivir con tratamiento médico, y le habían dicho que, sin tratamiento médico, moriría en unos pocos meses. Tim, un ejecutivo ambicioso al que el trabajo le había llevado a prestar poca atención a su mujer y su familia, se hallaba aturdido. Su reacción inmediata fue una preocupación desesperada por el suicidio y por cómo pedir a alguien que le ayudara a llevarlo a cabo. Estaba preocupado ante la expectativa de no ser ya autosuficiente y tenía miedo por los síntomas de su enfermedad y por los efectos secundarios que pudiera tener su tratamiento. La petición de Tim va directamente al núcleo de la cuestión sobre el suicidio asistido y la eutanasia: nuestra necesidad de cuidar a la gente con enfermedades terminales y de reducir su sufrimiento ¿exige que demos a los médicos el derecho a acabar con la vida? Esta pregunta nos ayuda a darnos cuenta de que la simple legalización o prohibición de la eutanasia no resuelve el problema humano de cuidar a los enfermos terminales.

La opción del suicidio

En cierta forma, las peticiones de legalización de la eutanasia son síntoma de que no estamos dando la solución adecuada al problema de las enfermedades terminales, del miedo al dolor insoportable o a la prolongación de la vida en condiciones intolerables. Se supone a veces que el caso de un enfermo grave o terminal que quiere acabar con su vida es diferente del de otra persona que quiera suicidarse por otro motivo. Pero lo cierto es que la primera reacción de muchos pacientes, como Tim, cuando saben que tienen una enfermedad mortal, es la de ansiedad, depresión y deseo de morir. Estos pacientes no son muy diferentes de los que rea-ccionan a otras crisis de su vida con el deseo de darles término con un suicidio (...).
Una vez que Tim y yo pudimos hablar pausadamente sobre la posibilidad de su muerte, y sobre lo que la separación de su familia y la destrucción de su cuerpo significaban para él, se redujo su desesperación. Aceptó someterse a tratamiento médico y en los meses de vida que le quedaron se mostró más cercano a su mujer y a sus padres. Al principio no hablaba de su enfermedad con su mujer por el resentimiento que le causaba el que ella pudiera seguir viviendo mientras que él, probablemente, ya no viviría mucho más. Una sesión con ambos despejó ese maleficio e hizo posible que trataran del tema abiertamente entre ellos. Dos días antes de morir, Tim hablaba sobre lo que se habría perdido si no hubiera tenido a esa mujer que le amara.

«Mientras hay esperanza...»
Los últimos días de la mayoría de los pacientes pueden tener mucho significado si quienes los cuidan saben cómo tratarlos. La necesidad de comunicación de Tim con su mujer, comunicación que no fue posible hasta que pudo expresar su envidia y su resentimiento porque ella continuara con vida mientras que él iba a morirse, tiene sus paralelismos con lo que sucede a la mayor parte de los enfermos terminales.
Parafraseando un conocido refrán, el especialista inglés en tratamiento paliativo Robert Twycross ha escrito: «Mientras haya esperanza, hay vida.» Y no es que se refiera a la esperanza de curarse, sino a la esperanza de poder hacer algo que dé significado a la vida mientras la vida dure. Prácticamente todos los enfermos terminales tienen asuntos pendientes, al menos la necesidad de compartir su vida y su muerte con sus amigos, familia, médico o trabajadores de la residencia en que se hallan. Sin esa esperanza, los pacientes terminales, aunque no tengan dolores importantes, pueden sentirse torturados por el sentimiento de que sólo esperan a morir, y por eso puede que deseen acabar de una vez por todas.
Si el suicidio asistido fuera legal, Tim probablemente habría pedido ayuda a un médico para acabar con su vida. Como estaba capacitado mentalmente, habría sido considerado apto para el suicidio asistido, y sin duda habría encontrado algún médico dispuesto a ello. Como la ley de Oregón y otras leyes similares que se están considerando en otros estados no requieren de una segunda opinión de un doctor independiente del caso, Tim habría sido enviado por un médico favorable al suicidio asistido a otro médico igualmente favorable; la evaluación habría sido un mero trámite. Se le habría procurado la muerte sin que nadie se hubiera dado cuenta de que se hallaba presa del pánico, y sin darle la posibilidad de curarse y de morir con la dignidad con que lo hizo. La ley de Oregón es el ejemplo más reciente de cómo la frustración puede conducir a una ley que sólo agrava el problema; en su prisa por legislar, quienes han redactado la ley no han entendido el problema que pretendían resolver (...).

Una segunda opinión
Casi todos los intentos de suicidio reflejan una ambivalencia del paciente ante la muerte, y lo mismo ocurre en quienes solicitan el suicidio asistido. El deseo de morir en los pacientes terminales aumenta primero para luego disminuir, y esto es así incluso en los pacientes que más persisten en su deseo de morir. Algunos pacientes pueden expresar deseos suicidas como respuesta a una depresión pasajera o al dolor intenso, pero normalmente se sienten aliviados cuando se trata esa depresión o ese dolor, y entonces se sienten agradecidos por el hecho de estar vivos. Es llamativo que la gran mayoría de los pacientes terminales luche por vivir hasta el último momento; de hecho sólo del 2 al 4% de los suicidios se producen en una enfermedad terminal. Como en el caso de Tim, la gran mayoría de los que piden el suicidio asistido o la eutanasia lo hacen por miedo a lo que pueda pasarles en el futuro, y no por el dolor que estén padeciendo en ese momento. Análogamente, en varios estudios se hace patente que hay más gente, especialmente personas mayores, que se suicidó porque temía tener cáncer, o creía erróneamente que lo tenía, que personas que se suicidaron porque realmente lo tenían. De la misma manera, la preocupación por el suicidio es mayor en quienes esperan el resultado de un test del sida que en quienes ya saben que son seropositivos.

No saben qué les espera
Los pacientes no saben qué les espera y no pueden prever cómo evolucionarán cuando se aproxime su muerte, así que suplen ese desconocimiento con sus miedos y su fantasía. Pero cuando esos miedos son tratados por un médico bien informado y que se toma interés por ellos, la petición de morir suele desaparecer (...). Tanto los pacientes que intentan suicidarse como los que solicitan el suicidio asistido suelen poner a prueba el afecto y cariño de la gente que los rodea con frases como «No quiero ser una carga para mi familia» o «Mi familia estaría mejor sin mí». Estas frases son indicadores típicos de una depresión suicida. El decir que uno es una carga suele reflejar el sentimiento depresivo de verse sin valor o sentimientos de culpabilidad, y puede ser una manera de pedir apoyo. Tanto si están sanos como si padecen una enfermedad terminal, estos pacientes necesitan asegurarse de que todavía son queridos, y su depresión ha de ser tratada. Si el médico no reconoce la ambivalencia, ansiedad y depresión que subyace en su petición de muerte, el paciente quedará atrapado en su misma petición, y puede morir aterrado sin que nadie se dé cuenta de ello (...).

Poner condiciones
El hecho de que el paciente se pueda sentir aliviado con la perspectiva de una muerte rápida no es en sí mismo señal de que sea ésta la decisión adecuada. Los pacientes que sufren depresión pueden parecer calmados y menos deprimidos después de haber decidido terminar con su vida, sea por sí mismos o con la ayuda de un médico. Pero lo que realmente les angustia y deprime es el hacer frente a la incertidumbre de la vida. La depresión, frecuentemente ocasionada por el descubrimiento de que uno tiene una enfermedad grave, también exagera la tendencia a ver las cosas como blanco o negro, descuidando otras soluciones o alternativas. Las personas con tendencias suicidas suelen poner condiciones a su vida: «No viviré sin mi marido», «... si pierdo mi aspecto físico, poder, prestigio o salud», o «... si voy a morir pronto». Se sienten angustiados por la necesidad de exigir a la vida algo que la vida ya no puede darles. La determinación del momento, lugar y modo de morir es la manera más dramática de expresión de su necesidad de controlar la situación. Cuando un paciente encuentra un médico que comparte su opinión de que la vida sólo merece la pena ser vivida bajo ciertas condiciones, la rigidez del paciente se ve reforzada (...). Los defensores de esta actitud consideran que esta racionalización del suicidio es similar a la postura del director de una empresa que decide declararse en bancarrota. Sin embargo, esta idea de que la vida pueda ser pesada y medida es por sí misma una de las características de las personas depresivas.

Herbert HENDIN


 
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