(La Razón, 5 de marzo de 2005). Era joven, atractiva, emprendedora. Sus amigas la adoraban. Los chicos se enamoraban de ella. Se la rifaba todo el mundo. Tenía dieciocho años. Un desgraciado atropello le produjo tales lesiones cerebrales que quedó inmovilizada por completo aunque a veces podía parpadear imperceptiblemente.

Algunos de los que la rodeaban aseguraron que no valía la pena vivir así, como un vegetal, que lo mejor era ayudarla a morir. Pasó un día y otro día, un mes y otro mes pasó, y así hasta veinte años pasaron. Veinte años, uno tras otro, y cada uno con su invierno, su Semana Santa, su primavera, su verano, su otoño, su Navidad.
Betsy, la madre de Sara rechazó siempre cualquier tentación de eutanasia. Vivía mar adentro, a la espera del milagro. Un atardecer, hace unos días, estaba en su casa de Hutchinson (Kansas) en Estados Unidos. Sonó el teléfono. Betsy pegó la oreja al auricular.
- ¡Hola, mamá! -escuchó.
- Pero, Sara ¿eres tú? -balbuceó la madre al borde del desmayo.
- Sí -contestó la desahuciada.
Y con sorprendente coquetería, veinte años después del accidente que la dejó paralizada, pidió a su madre que le llevara maquillaje y pintura para arreglarse.
La enferma, en fin, puede ya hablar y comunicarse con todos, aunque todavía sufre las secuelas de la parálisis. Pero todo el mundo en su entorno está conmocionado. Veinte años de espera son muchos años. "Tenemos a Sara de vuelta y es el mejor regalo del mundo", ha dicho su padre Jim Scantlin.
Sé que es un caso rarísimo. Pero consideraciones éticas y religiosas aparte, conviene preguntarse si tienen razón o no los partidarios de la eutanasia. Las imágenes difundidas por televisión de Sara y su madre emocionaron a todos, metieron el corazón de millares de americanos en un puño.

Luis María Anson
de la Real Academia de la Lengua.