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En pleno debate por la muerte de Jorge León, varios pentapléjicos denuncian que la Administración «debe ayudarnos antes que promover la eutanasia» ?«Los que queremos vivir somos más que los que quieren morir y estamos silenciados», afirman

«Llevo 20 años sin poder salir de casa. No puedo hablar, ver, comer y respirar sin ayuda artificial. Pero mi vida es totalmente digna. Sufro dolores crónicos, fiebres casi a diario, tengo tres costillas rotas, infecciones y además tengo que luchar contra problemas familiares, burocráticos, sociales y políticos. ¿Acaso el señor Zapatero cree que soy una “superwoman”?». Quien así habla es Olga Bejano, una pentapléjica de La Rioja que padece una enfermedad que le obliga a recibir cuidados médicos a diario. Es perfectamente conocedora del caso de Jorge León, el vallisoletano cuya muerte se investiga actualmente y que ha vuelto a reabrir el debate sobre la legalización de la eutanasia. Y aunque Olga es una acérrima defensora de la vida, lo deja claro: «No quiero que se me manipule, ni a favor ni en contra de la eutanasia, porque cada persona es un mundo y entiendo que haya quien no quiera vivir». Habla a través de un rotulador, sílaba a sílaba, y su voz es la de una de las enfermeras que le atiende. Su respirador se oye de fondo, aunque el sonido no empaña su sentido del humor y una autoestima «que gracias a Dios sigue alta». Eso sí, habla firme a la hora de denunciar una situación clamorosa.

Más ayudas, no eutanasia. «Hay quien habla de muerte digna, pero lo que se debe hacer es ofrecer ayudas». Y no le faltan argumentos. «A mí no me puede atender cualquier cuidadora, porque soy enferma de UCI y necesito alguien titulado. Las cuatro enfermeras que acuden a mi casa cuestan 350.000 pesetas (más de 2.100 euros) y mi pensión es de 30.000 (180 euros)». Olga es atendida siete horas y media al día, y los fines de semana los pasa en la cama, sin poder moverse. Su madre no puede ya atenderla como antes, y eso «que lleva veinte años sin dormir siete horas seguidas, porque cada tres tiene que aspirar mis secreciones, porque no puedo tragar saliva». «Eso es un sufrimiento añadido», sentencia. Pero que nadie se engañe. Tiene ganas de seguir viviendo «porque sé que si Dios permite que esté así es por algo, y estaré así hasta que Él decida». «Mi vida tiene más calidad desde que hace 5 años comenzó a ayudarme la unidad de cuidados paliativos de La Rioja, aunque son las experiencias que he tenido las que me ayudan a seguir adelante».

Su caso, aunque impactante, no es único, pues en España son miles los tetrapléjicos y pentapléjicos «que queremos vivir, muchos más que los que quieren morir, aunque estemos silenciados por la opinión pública». Así lo asegura Juan Carlos Carrión, un cuadripléjico de Cartagena, que a sus 41 años vive cada día con una inmovilidad cercana al 99 por ciento. Lleva desde los 17 años en silla de ruedas, después de un accidente de tráfico -«pon eso para que la gente vaya con más cuidado en el coche», comenta- y ha levantado una empresa de automóviles especiales para personas en su situación. Su vitalidad es rebosante y habla como un torbellino. El motivo es simple: «No tengo ningunas ganas de morirme, y no creo que nunca me apetezca demasiado», dice completamente en serio pero con tono guasón.

En su opinión, el caso de Jorge León «ha vuelto a ser utilizado y manipulado por parte de ciertos grupos que ya están recordando al PSOE su promesa electoral de legalizar la eutanasia». «El tema de la mal llamada “muerte digna” es una tapadera en una sociedad cada vez más deshumanizada, que ha perdido sus principios éticos y religiosos, que permite quitarse de encima a quien estorbe, sea un ancianito o un enfermo terminal», afirma.

«La muerte nunca es un avance». Un hecho que, para Juan Carlos, «supone una contradicción, porque un auténtico Gobierno socialista y progresista debería buscar primero soluciones para quienes queremos vivir y no centrarse sólo en las demandas de unos pocos que desean morir». «La eutanasia no ayuda en absoluto a las clases desfavorecidas, por mucho que esté envuelta en progresismo y en supuestas “demandas sociales”. La muerte nunca es un avance social, lo diga quien lo diga», sostiene.

Sus palabras recuerdan mucho a las de Olga Bejano. Si Carrión asegura que «hasta que la Administración no se vuelque en ayudarnos nuestro problemas no se solucionarán», Bejano resalta que «si yo tuviese las ayudas necesarias, por las que llevo luchando veinte años, sería la enferma más feliz del planeta». Y ante la Ley de Dependencia que ya ha sido aprobada en el Senado, ambos son relativamente escépticos.

Olga no es demasiado optimista: «a mí no me afecta porque mis cuidadores tienen que ser enfermeros titulados, no cuidadores cualquiera». Y Carrión contempla las luces y las sombras de la ley: «De cara a la opinión pública, el IVA se va a reducir hasta el 4 por ciento -ir en silla de ruedas está gravado-, y es un pequeño avance, aunque aún queda mucho por recorrer».

La Razón, 10 de mayo de 2006