(El País, Cartas al director, 19 de marzo de 2007)

Es muy poco común que 20 días después de casarte y casi con la "resaca" del viaje de novios sufras el shock de quedarte parapléjico con un infarto de la médula espinal a los 29 años. Tuve que luchar con la fuerza de la mente para intentar recuperarme lo máximo posible estando ingresado en una unidad de lesionados medulares durante más de un año. Los primeros meses fueron muy complicados porque no podía moverme. En esos momentos mi mentalidad fue siempre positiva: podía recordar, pensar, leer... una vida limitada, pero todavía vida. Imaginando que siempre hubiera sido así, creo que nunca se me pasaría por la cabeza luchar para morir.

Creo sinceramente que no existe la dignidad a morir y menos todavía el derecho a morir dignamente, en el sentido que en ocasiones se quiere enfocar. Sólo se muere cuando las funciones básicas del cerebro dejan de funcionar. El cuerpo humano es sólo lo que nos permite movernos y realizar las actividades diarias sin ayuda, la conexión vital y el motor es la mente. Aunque me viese conectado a un respirador, mientras pueda pensar, leer, imaginar y ver..., el 99% de mi vida existe y no hay motivos para luchar para hacerlos desaparecer.

No sé muy bien dónde nace el límite de la vida y la muerte, pero mientras algún medio físico te mantenga unido a la vida, siempre existe, y si luchas contra ella... Yo sigo en el "carro" de la vida con todas las secuelas, dolor crónico neurológico, etcétera, asumiendo todo lo que me pueda venir, pero tengo la certeza de que lucharé, y será cuando ni mi cuerpo ni los medios sanitarios disponibles puedan mantenerme con vida cuando aceptaré la llegada de la muerte. Pero, ante todo, es sólo mi opinión.