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«La ciencia dejó morir a la ética, es el reto para el siglo XXI» PDF Imprimir E-mail
Pionero y referente. Eso es Marcos Gómez Sancho, profesor de la Universidad de Las Palmas, en la medicina de Cuidados Paliativos. Disertó ayer sobre "Morir con dignidad. Los últimos días de vida", en las "Jornadas académicas" del Mes de la Salud, que organiza la Fundación Caja Rural de Zamora.

(La Opinión de Zamora, 6 de mayo de 2009)

- ¿No hay vida digna si no se muere dignamente?
- Quizá se fallece de la misma forma que se ha vivido. La manera de afrontar la muerte es una manera de afrontar la vida.
- Por su experiencia con los pacientes, ¿cómo es la visión de la vida por parte de un "terminal"?
- Se enfrenta a su conciencia. Yo creo que el Juicio Final es la conciencia de cada uno. Cuando debe reconciliarse consigo mismo y con los demás, cuando siente la necesidad de perdonar y de ser perdonado.
- El enfermo llega a la etapa final. ¿Cambian sus valores?
- Sí. Vivimos en un mundo sin valores. Decía Nietzstche que «los valores ya no valen», y ése es el paradigma del absurdo, muchas veces, de nuestra Civilización. Vivimos una crisis de valores. Importa la gente joven, rica y guapa, y los viejos, los pobres y los feos tenemos más dificultades para sobrevivir. Hay que trabajar muchas horas para tener muchas cosas..., hasta que un día nos enfrentamos con nosotros mismos. Percibimos, entonces, la existencia de otros valores, que son los que necesitamos. Es el momento en que el moribundo reordena sus principios, reorganiza sus principios. Y tal cosa se nos transmite a los profesionales. Aprendemos mucho de ellos. Nos enseñan a valorar las cosas, a establecer una jerarquía de valores totalmente distinta a la anterior.
- Los "testamentos vitales", ¿sólo buscan evitar los tratamientos que puedan conducir a los encarnizamientos terapéuticos?
- Han nacido con esa idea: de protección a las personas... Yo creo que el "testamento vital" no debería ser necesario en el contexto de una relación profesional y humana del médico con el enfermo, para que el último nunca tuviera la menor duda de que será sometido a un tratamiento que esté fuera de su control o de su conocimiento. Nosotros no hemos tenido, durante su vigencia -tres o cuatro años-, ni un solo enfermo que haya exigido un documento de este tipo. Porque sabe que cualquier actitud hacia él siempre será respetuosa, con el seguimiento de sus criterios y de su autonomía.
- En la Prensa, las malas noticias son "buenas" noticias. Sí, ¿"cómo dar las malas noticias en Medicina"?
- Curiosamente, es algo que no se nos enseña en la Universidad. Se emplean cientos de horas en realizar diagnósticos dificilísimos, de enfermedades rarísimas, que jamás veremos en nuestra vida profesional, y no se nos enseña la manera de transmitir un diagnóstico o un pronóstico infausto al enfermo, algo que resulta frecuente en nuestra práctica asistencial... Dar esas noticias es uno de los actos médicos más difíciles.
- ¿Hay pautas...?
- Sí, existen unas normas. Ir poco a poco, esperar a que nos pregunten, no quitar nunca la esperanza, el compromiso de ayuda a partir de ese momento. Si se hace mal, puede causar más daño que beneficio. Y si se suministra información de una manera brutal, lo haremos mal.
- Antes «la Medicina era más humana y cercana», ha dicho usted. ¿Por la tecnología de ahora o por los valores de antes?
- Por las dos cosas. La Medicina de antes era menos eficaz, pero se hacía más énfasis en los aspectos humanos. Ahora misma entendemos más... de un trocito más pequeño. Vemos al paciente como un órgano enfermo, como unas células enfermas, pero olvidamos el ser humano en su conjunto. No sufre el hígado u otro órgano, sino su dueño, que es el que tiene miedo a morir, cuenta con no sé cuántos hijos... La Medicina tecnológica, tecnocrática, súper-especializada, de grandes hospitales, ha llevado consigo, de una u otra manera, su deshumanización. Y éste es el reto del médico del siglo XXI. Porque no son aspectos excluyentes. Hay que recuperar los valores del humanismo médico, tan vitales para los enfermos. La Medicina ha cambiado mucho en los últimos cincuenta años, pero las necesidades básicas de los pacientes son las mismas.
- ¿La ciencia ha dejado morir a la ética?
- Sí. No me da miedo a reconocerlo. Y es el reto de la nueva Medicina, que proponemos para el siglo XXI. La nueva ética tiene que presidir todos los actos médicos.
- ¿Es un imposible una ética que no esté contaminada por la política o la religión?
- No debería estarlo. Sin embargo, desgraciadamente, lo está. Se hace bandera política de las decisiones éticas, y hay ejemplos notorios en nuestro país y en otros lugares. Ahí están los casos de Terri Schiavo en EE UU, Eluana Englaro en Italia.
- Eutanasia: ¿le suena bien o mal -le duele- esa palabra?
- Me suena mal, y me duele, por lo que significa: que un ser humano está pidiendo a la sociedad y al médico que acabe con él. Yo creo que la sociedad, en lugar de discutir si se hace o no, debe pensar por qué un ciudadano demanda que lo maten y qué está dispuesta a hacer ella para evitarlo. En realidad, está pidiendo otras maneras -que le traten de manera distinta, que le cuiden, que le quiten el dolor, que se ocupen de sus familiares, que no se les considere una carga-, porque nadie se quiere morir. Y la sociedad, en lugar de debatir si acabamos o no con su vida, debe mirar en serio qué se puede hacer para que no lo pida. La demanda de eutanasia en los buenos servicios de Paliativos es una anécdota.
- Le dirán que no es algo que resulte obligatorio.
- Tiene sus riesgos. En los países donde está organizada, no se ha podido demostrar, en el 30 % de los enfermos a quienes se les ha aplicado, que haya sido solicitada por los enfermos... A veces aparecen casos de mucho impacto mediático, y la sociedad se conmueve. Y se muestra proclive a la legalización. No se puede hacer una ley para este señor o para aquella señora.
- ¿Por qué, hoy, se quiere hacer invisible a la muerte?
- Vivimos en un sistema basado en la producción y en el consumo, y la muerte viene a anunciar el final de todo eso. Por lo tanto, es obscena para los vectores del poder, y la esconden. Si todos fuésemos conscientes de nuestra finitud, de la nueva escala de valores que los enfermos nos transmiten al final de sus vidas, probablemente seríamos menos consumistas. Si todos fuéramos conscientes de que la existencia es un suspiro, un abrir y cerrar de los ojos, no vale la pena -con lo hermosa y cortísima que es- gastarla para terminar siendo los más ricos del cementerio.
 
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