Cuando se legaliza la eutanasia, se vuelve incontrolable Imprimir
(Aceprensa, 4 de mayo de 2005). Las leyes de eutanasia ?o las propuestas de legalizarla? incluyen cláusulas para asegurar que se efectúe solo en casos estrictamente definidos. La experiencia muestra que cuando se admite la eutanasia, en la práctica se escapa de todo control (Dr. Gonzalo Herranz, del Departamento de Humanidades Biomédicas de la Universidad de Navarra)

"Si un médico ?dijo el Dr. Herranz? sucumbe a la idea de que es correcto profesional y éticamente poner fin a la vida de uno de sus enfermos, no podrá dejar ya de ofrecer ese 'remedio' por el resto de su vida. Más aún: encontrará cada vez más razones para hacerlo, y cada vez más anticipadamente, e incluso con más compasión y también con mayor celo. La eutanasia se incorpora como un recurso más a la medicina paliativa, y poco a poco va ganándole terreno, la sustituye". El proceso se verifica en cuatro fases.

De la excepción a la regla

En la primera, el médico solo admite la eutanasia en casos excepcionales, una vez agotados todos los recursos terapéuticos y paliativos. Pero tras aplicarla en situaciones extremas, entra en una fase de habituación. En esta, la proliferación de casos notorios, la absolución de colegas sospechosos de aplicar la eutanasia fuera de las condiciones estipuladas, el ejemplo de otros médicos respetados que la practican... va despojando a la eutanasia de su nota de excepcionalidad. Comienza a parecer una solución indolora y económica para el paciente, que tiene derecho a solicitarla, así como una salida razonable para familiares y médicos, que se ahorran tiempo y molestias. Y para el sistema sanitario, resulta ser una intervención de buen cociente costo/eficacia.

Así se pasa a la tercera fase, en que el médico, animado por ideales de compasión y eficiencia, concluye que puede decidir la eutanasia para los pacientes incapaces de expresar su voluntad, persuadido de que pedirían la muerte si pudieran. Finalmente (cuarta fase), el médico se arroga el mismo poder también con respecto a los enfermos con deseo, tácito o expreso, de seguir viviendo: se convence de que es irracional e injusto mantener una vida sin calidad, improductiva y dolorosa. Pues "para quien haya aceptado sinceramente la eutanasia voluntaria, la eutanasia no voluntaria se convierte, por razones de coherencia moral, en una obligación indeclinable".

"Esa es la experiencia de muchos médicos holandeses y belgas. No son psicópatas asesinos: son simplemente médicos a los que sus virtudes profesionales les van arrastrando, paradójicamente, a una decadencia ética, lentamente progresiva, pero inexorable". Así se comprueba en Holanda, donde la eutanasia, admitida para situaciones de excepción, se extiende continuamente. Las propias autoridades reconocen que no se respeta la ley, pues menos de la mitad de los casos se comunican, contra lo que está mandado. Las encuestas de la Fiscalía General revelan que en el 40% de los casos la eutanasia se aplica a pacientes incapaces, y en el 15% a enfermos capaces sin consultarles. Así, lo que la ley solo autoriza para quien lo pide de modo libre e insistente, se practica a muchos que no pueden hacerlo, como enfermos inconscientes o bebés nacidos con malformaciones; lo previsto para pacientes terminales se aplica a muchos que no lo son: ancianos sin familia que ingresan en el hospital por una enfermedad curable, personas con lo que se ha dado en llamar "sufrimiento existencial", sin ninguna dolencia física o psíquica definible. "La experiencia holandesa muestra de modo evidente que, en materia de eutanasia, es imposible poner límites legales a los potenciales abusos, nacidos de la compasión de los médicos, de la fatiga de la familia, del desgaste de los rudimentarios mecanismos de control".

Una estrategia elástica

Una evolución similar se da en la opinión pública. "Si una sociedad llega a la conclusión de que es posible despenalizar la eutanasia o la ayuda médica al suicidio en ciertos supuestos, se verá inevitablemente abocada a ampliar esas conductas permitidas, a medida que el activismo pro-eutanasia lo exige".

Allá por los años veinte del siglo pasado, los primeros partidarios de la eutanasia la presentaban como una muestra de compasión en casos extraordinarios, para poner fin a los sufrimientos atroces de algunos pacientes terminales a los que la medicina no podía aliviar. El progreso de la ciencia médica fue privando de fuerza a ese argumento. Pero en los años sesenta, la aparición de nuevas técnicas para mantener en vida a los enfermos graves provocó un cambio de táctica: se pasó a abogar por la eutanasia como defensa frente al ensañamiento terapéutico, que prolonga los sufrimientos inútilmente.

El nuevo discurso quedó desvirtuado cuando la práctica médica abandonó los abusos terapéuticos y se extendieron los cuidados paliativos. Entonces el movimiento pro-eutanasia comenzó a hablar del derecho a la muerte digna, para librarse no ya del dolor ?que es evitable?, sino de la decrepitud, la invalidez o la demencia, que llevan a una vida sin calidad ni dignidad.

A la vez, asoma una nueva estrategia, calcada de la empleada en las campañas para la legalización del aborto. Así como en su día se alegó la necesidad de acabar con los "miles" de abortos clandestinos e inseguros, ahora se empieza a hablar de que existe una extendida "eutanasia sumergida". Se aduce que "por haber caído la práctica de la eutanasia en manos de gentes incompetentes y desalmadas, es necesario ponerla bajo la responsabilidad de los médicos mediante una necesaria y exigente legislación".

Pero la experiencia no abona esa conclusión, advirtió el Dr. Herranz. "El gobierno holandés ha comprobado, impotente, que la ley de eutanasia se le ha ido de las manos. Ha amenazado con endurecer las penas para los médicos que incumplen los diferentes aspectos de la ley. Pero, de hecho, parece más bien paralizado por el descubrimiento, inesperado y terrible, de que una ley de eutanasia es esencialmente incontrolable: no se puede poner un policía en la habitación de cada enfermo terminal".