(Zenit, 30 de octubre de 2007)
Durante el encuentro con los participantes del congreso que tiene
como tema "Las nuevas fronteras de la acción farmacéutica", el
Pontífice se refirió primero al actual arsenal de medicamentos y las
posibilidades terapéuticas que de él derivan. Subrayó el derecho y
deber de los farmacéuticos de negarse a vender productos abortivos,
como la llamada "píldora del día siguiente"
Discurso al Congreso Internacional de los Farmacéuticos Católicos, 29, octubre, 2007
Señor presidente,
Queridos amigos :
Con
mucha alegría os doy la bienvenida, miembros del Congreso Internacional
de Farmacéuticos Católicos, con motivo de vuestro vigésimo quinto
congreso, que tiene por tema: «Las nuevas fronteras de la farmacia». El
desarrollo actual de los medicamentos y las posibilidades terapéuticas
que se derivan exige que los farmacéuticos reflexionen en las funciones
cada vez más amplias que están llamados a desempeñar, en particular,
como intermediarios entre el médico y el paciente; tienen además un
papel educativo ante los pacientes en el uso adecuado de los
medicamentos y sobre todo a la hora de informar sobre las implicaciones
éticas de la utilización de ciertos medicamentos.
En este
campo, no es posible anestesiar las conciencias, por ejemplo, ante los
efectos de moléculas que tienen por objetivo evitar la anidación de un
embrión o abreviar la vida de una persona. El farmacéutico debe invitar
a cada uno a un despertar de humanidad para que todo ser sea protegido
desde su concepción hasta su muerte natural, y que los medicamentos
cumplan verdaderamente con su papel terapéutico.
Por otra
parte, ninguna persona puede ser utilizada, de manera irresponsable,
como objeto para realizar experimentos terapéuticos; éstos tienen que
desarrollarse según los protocolos que respetan las normas éticas
fundamentales. Todo tratamiento o experimento tiene que tener por
perspectiva mejorar el bienestar de la persona, y no sólo la búsqueda
de avances científicos. Perseguir el bien para la humanidad no puede
hacerse en detrimento del bien de las personas en tratamiento. En el
campo moral, vuestra Federación tiene que afrontar la cuestión de la
objeción de conciencia, que es un derecho y que debe ser reconocido a
vuestra profesión, para que no tengáis que colaborar, directa o
indirectamente, en el suministro de productos que tienen por objetivo
opciones claramente inmorales, como por ejemplo, el aborto y la
eutanasia.
Es necesario, también, que las diferentes
estructuras farmacéuticas, desde los laboratorios hasta los hospitales
y la oficinas, así como el conjunto de nuestros contemporáneos, tengan
la preocupación de la solidaridad en el campo terapéutico, para
permitir el acceso a los tratamientos y a los medicamentos de primera
necesidad a todas las capas de la población y en todos los países, en
particular, a las personas más pobres.
Que bajo la guía del
Espíritu Santo, como farmacéuticos católicos, podáis sacar de la vida
de fe y de la enseñanza de la Iglesia los elementos que os guiarán en
vuestro camino profesional junto a los enfermos, que tienen necesidad
de un apoyo humano y moral para vivir en la esperanza y para encontrar
los recursos interiores que les ayudarán en su vida.
Os
corresponde, además, ayudar a los jóvenes que entran en las diferentes
profesiones farmacéuticas a reflexionar en las implicaciones éticas
cada vez más delicadas de sus actividades y decisiones. Para ello, es
necesario movilizar y reunir al conjunto de los profesionales católicos
de la salud y a las personas de buena voluntad, para profundizar en su
formación no sólo a nivel técnico, sino también en lo que afecta a las
cuestiones de bioética, así como para proponer una formación al
conjunto de la profesión.
Dado que el ser humano es imagen de
Dios, debe estar siempre en el centro de la investigación y de las
opciones en materia biomédica. Al mismo tiempo, es fundamental el
principio natural del deber de aportar tratamientos al enfermo. Las
ciencias biomédicas están al servicio del hombre; si no fuera así, no
tendrían más que un carácter frío e inhumano. Todo saber científico, en
el campo de la salud, o toda decisión terapéutica están al servicio del
ser humano enfermo, considerado en su ser integral, quien debe ser un
socio activo en los cuidados y respetado en su autonomía.
Al
encomendaros tanto a vosotros como a los enfermos a los que estáis
llamados a atender a la intercesión de Nuestra Señora y de san Alberto
Magno, os imparto, así como los miembros de vuestra federación y a
vuestras familias, la Bendición apostólica.
[Traducción del original francés realizada por Zenit