(Zenit, 4 de marzo de 2008)
Con el
desarrollo de las técnicas médicas aumentan los medios de conservación de la
vida, cuya elección debe basarse en el reconocimiento de la dignidad inalienable
de la persona a fin de evitar el exceso --o encarnizamiento-- terapéutico o un
eventual abandono del paciente.
Es el punto de
partida de la intervención de monseñor Maurizio Calipari, teólogo moralista de
la Pontificia
Academia para la Vida (PAV), en el congreso internacional del
organismo -Ciudad del Vaticano, 25 y 26 de febrero-- sobre el tema: «Junto al
enfermo incurable y al moribundo: orientaciones éticas y
operativas».
Existen referencias
para evitar los citados extremos y así llevar a cabo la correcta práctica
clínica cotidiana, «que es de ayuda a las necesidades del paciente», explica
monseñor Calipari a Zenit.
«Para poderla
realizar juntos --médico y paciente--, hay que aplicar unos criterios de juicio
para afrontar las situaciones concretas que se verifican todos los días; por un
lado criterios que se refieren a aspectos más médico-técnicos, o sea
valoraciones de la intervención médica que se pretende llevar a cabo», precisa.
«Por otro lado
--continúa-- está el juicio del paciente en cuanto a su propia manera de
percibir esta intervención médica que se le propone, pero él también en ello
debe hacer referencia a criterios objetivos».
Así, uniendo «estos
dos criterios, se puede verdaderamente hacer útil y fructífera esta relación que
une [a paciente y médico] para afrontar de la manera más digna en la persona su
condición, sobre todo cuando se encuentra en la fase terminal de su vida, cuando
con frecuencia sus recursos son inferiores, es más frágil, y precisamente tiene
más necesidad de ser acompañado», advierte.
La clave -explica
en su intervención-- es «reconocer y respetar la dignidad de la persona que
necesita atención o apoyo vital, procurando identificar
hic et nunc, o sea, en la situación
concreta, la mejor manera de promover su bien integral (que incluye también el
bien de la vida física), mediante la decisión de emplear o no un determinado
medio de conservación de la vida».
Para ello propone
un «dinamismo valorativo en tres fases», un proceso gradual que primero
contempla la valoración objetiva de los elementos médico-técnicos, después los
factores vinculados con la subjetividad del paciente y, finalmente, un juicio
ético que tenga en cuenta las consideraciones anteriores a fin de llegar a una
decisión operativa moralmente adecuada.
Ya sea con
finalidad diagnóstica, paliativa, de asistencia natural, artificial, etcétera,
monseñor Calipari propone reservar la distinción de «proporcionado» o
«desproporcionado» a la cuestión del uso de un medio de conservación de la vida
considerado en su carácter técnico-médico, campo que se presta más a una
valoración objetiva.
Aquí, «la
proporcionalidad o desproporcionalidad» de tal medio «indicará su adecuación o
inadecuación técnico-médica en cuanto al logro de un determinado objetivo de
salud o de apoyo vital para el paciente».
Para su elección,
el médico debe
seguir determinados criterios: «Siempre habrá de emplear en los límites de la
disponibilidad [de los medios], aquellos que, según los conocimientos
científicos más actualizados, sean más eficaces para la patología que hay que
diagnosticar o tratar, más adecuados a las condiciones particulares
fisio-patológicas del paciente en cuestión, menos arriesgados para la
salud/vida, lo más posible carentes de efectos secundarios gravosos o
perjudiciales», puntualiza.
Se estaría ante
«exceso» o «encarnizamiento terapéutico» si se hace -con referencia a los
criterios recién citados-- uso de «medios desproporcionados de conservación de
la vida», puntualiza monseñor Calipari a Zenit.
Mientras que existe
abandono del paciente, por ejemplo, cuando se huye de «esa situación difícil de
afrontar» --prosigue--, o tal vez «requiere muchos cuidados, y se considera que
no vale la pena porque ya se habla de fase terminal y de una "calidad" de vida
muy baja», aduciendo la inutilidad de emplear recursos sanitarios en el
paciente», cosa que deja «de reconocer su dignidad y su valor» y «obviamente es
moralmente inaceptable».
Por su parte, la
valoración del medio como «ordinario» o «extraordinario» se propone, siguiendo
la ponencia de monseñor Calipari, para el paciente.
«Se puede afirmar
-dice en su ponencia-- que un medio de conservación de la vida habrá que
considerarlo siempre como ordinario a menos que su uso en la situación
[concreta] comporte para el paciente, según su propio juicio prudente, al menos
un elemento significativo que connote su extraordinariedad».
La eventual
extraordinariedad de un medio procede del hecho de que «el paciente experimente,
subjetivamente y en la situación concreta, una cierta imposibilidad, física o
moral, en su utilización», aclara.
Y tal imposibilidad
se puede deducir, por ejemplo, del «esfuerzo excesivo para localizar y/o
utilizar el medio», de «experimentar, en relación con el uso del medio, un dolor
físico ingente o insoportable que no puede aliviarse lo suficiente», de «un
tremendo temor o una fuerte repugnancia en cuanto al empleo del medio», también
de «una probabilidad razonablemente elevada de graves riesgos para la vida o la
salud del paciente» en cuanto a su condición clínica actual, entre otros.
Siguiendo este
itinerario, «el médico que acepte
libremente hacerse cargo de un paciente, a fin de ayudarlo con su
profesionalidad a conservar la vida y atender la salud, instaurando la llamada
"alianza terapéutica", tiene el deber de cumplir ante todo las mismas
obligaciones morales que el paciente, en orden a la conservación de su vida y al
cuidado de la salud», advierte monseñor Calipari en su intervención.
Como aclara a
Zenit, tanto médico como paciente «tienen una tarea específica, pero al final el
juicio lo deben hacer juntos, globalmente, de manera que se lleve a una única
decisión operativa».
«Si se realizaran
juicios que llegaran a contraponer las dos conciencias --porque podría
suceder--, entonces hay que reconocer ambas y a veces la única solución posible
es romper la alianza terapéutica que se había formada», subraya.
Todo este proceso
de valoración gira siempre -insistió monseñor Calipari en su ponencia- en torno
a «la centralidad de la persona, de su auténtico bien y de su especial dignidad,
considerados en su verdad integral», «como referencia primera y última de todo
razonamiento moral en tema de conservación de la vida y de atención de la
salud».
Y ante el paciente
y la familia que afrontan una enfermedad muy grave es «necesario multiplicar
sobre todo el amor», reflexiona junto a Zenit.
«El amor, la
atención, la solidaridad al otro», enumera; se trata de situaciones que a veces
se vuelven muy gravosas, y «es por esto no se debe dejar solas a estas familias,
como ha recordado el Santo Padre»
Por
Marta Lago