(Diario Médico, 18 de septiembre de 2007)
Para la directora de la Cátedra de Bioética y Biojurídica de la Unesco (www.catedrabioetica.com) y miembro de la Academia Pontificia para la Vida, la doctora María Dolores Vila-Coro, no hay que hablar del derecho a una muerte digna, sino del derecho a afrontar la muerte con dignidad.
«Yo aprendí la dignidad»
Hace un par de años, en México, una de las Universidades más
prestigiosas del país, me invitó a pronunciar una conferencia sobre la
conveniencia o no de despenalizar la eutanasia.
Señalé que no hay un derecho a morir ya que implicaría una
contradicción «in terminis» porque sería la muerte del propio derecho y de todos
los derechos posibles. Pero, continué, aunque fuera posible, el derecho a la
vida es irrenunciable, como lo es el derecho a la educación, a las medidas de
seguridad en el trabajo... e incluso el derecho a la dignidad que como persona le
es propio al hombre. Recordemos el juego del «lanzamiento de enanos», atracción
que se prohibió en Francia porque, aunque fuera el único medio de vida de los
susodichos enanos, a juicio del Consejo de Estado francés, representa un
atentado contra la dignidad de la persona humana, cuyo respeto es uno de los
elementos del orden público. En el mismo sentido se ha expresado también el
Comité de Derechos Humanos. Nadie puede renunciar al derecho a la vida, ni a su
dignidad como persona. Tampoco puede renunciar a su libertad porque su ejercicio
no es ilimitado, debe ejercerse siempre que ésta se mantenga: se perdería la
libertad si uno se vendiera como esclavo.
El sentir de los profesionales
de la medicina va en contra de la eutanasia. La
Declaración de la Asociación
Médica Mundial afirma: «La Eutanasia, es decir, el acto
deliberado de dar fin a la vida de un paciente aunque sea por su propio
requerimiento o a petición de sus familiares, es contrario a la ética. Ello
no impide al médico respetar el deseo del paciente de dejar que el proceso
natural de la muerte siga su curso en la fase terminal de su
enfermedad».
Cuando hube terminado se suscitó un debate a propósito de si
había o no derecho a una muerte digna.
Una persona del público sacó a
relucir el deterioro de las personas que estaban próximas a la muerte, la
degradación que sufrían sus cuerpos con un aspecto ingrato, que envilece y
deshonra la imagen de la persona, deteriorada por el sufrimiento. «Se pierde la
dignidad», comentó.
Señalé que la dignidad es algo intrínseco del hombre,
pertenece al ser y no se pierde porque es inherente a su propia naturaleza; es
la llamada dignidad ontológica. Hay otro aspecto que es la dignidad moral que
depende del sujeto; éste la puede perder por la conducta inadecuada a su
condición de persona. Nadie nos la puede arrebatar pero podemos degradarla si
actuamos innoble y mezquinamente.
Un joven de unos 30 años que tomó la
palabra, exclamó sin el menor reparo: «Yo aprendí la dignidad.
Cuando mi hermana y yo teníamos 14 y 16 años, mi abuela se puso
muy enferma. Falleció después de un proceso de deterioro que duró unos dos años.
Mis padres trabajaban y comían a mediodía fuera de casa. Mi hermana y yo nos
encargábamos de lavarla, curarla y atenderla desde que volvíamos del colegio
hasta entrada la noche en que regresaban mis padres. Nunca olvidaré su
enfermedad y, su recuerdo de mujer valerosa me acompañará toda mi vida. Algunas
veces teníamos que ponerle calmantes porque tenía unos dolores terribles. Había
que bañarla, vestirla, hacerle la cama y como no controlaba sus esfínteres había
que volverla a lavar. Teníamos que cambiarla a menudo de posición porque se
llagaba y, a pesar de nuestro gran cuidado, le salieron algunas llagas que se
cubrieron de pústulas malolientes. No insisto en los detalles pero basta decir
que en cuanto al deterioro físico se refiere, el de mi abuela era de
consideración. Nunca, ni un momento, perdió el ánimo, la sonrisa, las palabras
de afecto y de gratitud para mi hermana y para mí. Rezaba una breve oración en
voz muy baja por si queríamos acompañarla y terminaba diciendo: "Que el Señor os
bendiga por lo que hacéis por mi". Cuando su salud fue empeorando apenas
hablaba, pero nos envolvía con una noble y generosa mirada llena de cariño y de
infinita ternura... Emanaba dignidad, una dignidad que superaba, trascendía su
cuerpo maltrecho».
Yo escuché el relato conmovida por la lealtad de los
nietos y la sencillez y el respeto con que el muchacho hablaba de su abuela.
Recordé las palabras de Gabriel Marcel en su estudio sobre «La dignitè humaine»:
«La calidad sagrada del ser humano aparecerá con más claridad cuando nos
acerquemos al ser humano en su desnudez y en su debilidad, al ser humano
desarmado tal como lo encontramos en el niño, el anciano, el pobre».
[1]
Comprendí que no hay que hablar del derecho a una muerte digna, pero
sí del derecho a afrontar la muerte con
dignidad.
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MARCEL,
G., «La dignitè humaine», Auber, Paris, 11961,
p.168