(ABC, 22 de diciembre de 2007)
EL progre es ese tío que ha logrado hacer pasar su
cinismo por filantropía. La última hazaña filantrópica del progre
consiste en reclamar aborto libre, a la vez que prohíbe que los padres
puedan propinar a sus hijos un cachete si se ponen brutos. Vista desde
la perspectiva progre, la aparente incongruencia de esta hazaña
filantrópica adquiere un encadenamiento lógico irreprochable: cuantos
más niños podamos meter en la trituradora de carne cuando todavía no
tienen rostro, más reparo nos dará golpear el rostro de los que
sobrevivan. El drama moral comienza con la decisión de contemplar el
rostro del otro; mientras no haya rostro que contemplar, el progre
puede hacer como si el otro no existiese. «¿Por qué hoy en día se
rechaza el infanticidio, mientras casi se ha perdido la sensibilidad
ante el aborto? -se preguntaba el teólogo Joseph Ratzinger en su
opúsculo El derecho a la vida-. Quizá sólo porque en el aborto no se
contempla el rostro de la criatura que jamás verá la luz». Ojos que no
ven, corazón que no siente; y como el progre no está para afrontar
dramas morales, cierra los ojos del corazón y mete al niño gestante en
la trituradora de carne, antes de que adquiera un rostro humano.
En su afán por no mirar el rostro del otro, el progre ha
desarrollado una suerte de antropología bizantina que hace depender la
condición humana de una vida gestante de su tamaño, de su viabilidad,
de las semanas de gestación, etcétera. El progre nos quiere hacer creer
que un feto de diez semanas no merece protección jurídica porque no
puede desarrollar una vida independiente de su madre. Pero la
inviolabilidad de la vida humana en modo alguno depende de que sea
viable por sí misma; más bien al contrario, una vida se torna más
valiosa cuando más desvalida se halla, cuando más reclama nuestra ayuda
para seguir existiendo, cuando carece de poder y de voz para
defenderse. La inviolabilidad de la vida depende, en fin, de nuestra
decisión de mirarla de frente, reconociendo en ella una dignidad
inalienable. La vida humana no es intangible por el mero hecho de que
pueda desarrollar una existencia autónoma: un anciano aquejado de
demencia senil o un paralítico amarrado a su silla de ruedas tampoco
pueden vivir por sí mismos; y, sin embargo, no se nos ocurriría pensar
que por ello carecen de dignidad (aunque la filantropía progre ya se
relame con la idea de darles matarile). Naturalmente, para alcanzar a
ver la dignidad de una vida gestante, hay que mirarla a través de los
ojos del corazón, allá donde reside nuestra libertad para elegir el
bien o el mal. Y como el progre rehúye las decisiones morales, como ni
siquiera acepta que existan bien y mal, recurre al fisiologismo más
mostrenco y dictamina: una vida gestante no es vida, puesto que no
tiene rostro. Y puesto que no tiene rostro, no puede ser sujeto, sino
objeto del que puedo disponer libremente, objeto que puedo destruir
llegado el caso.
Pero el progre, decíamos antes, necesita disfrazar su
cinismo de filantropía. Y para justificar la matanza de vidas gestantes
necesita invocar derechos. El progresismo es una máquina de hacer
derechos como churros; basta con girar el manubrio y arrimar la sartén.
Y, así, el progre se saca de su manga de filántropo el «derecho al
aborto»: la mujer tiene derecho a decidir sobre su calidad de vida; la
sociedad tiene derecho a desembarazarse de niños indeseados para
garantizar a los ciudadanos altas cotas de bienestar, etcétera. El
progre disfraza de derechos lo que no son sino expresiones del interés
más descarnado y egoísta; y, en esta labor de camuflaje, no tiene
empacho en negarle la dignidad a la vida, mientras esa vida no tenga
rostro. Pero de la mirada que dirigimos a esas vidas sin rostro depende
nuestra propia dignidad: cuando las tratamos como objetos de los que
podemos disponer a nuestro libre antojo, estamos negando su dignidad,
pero también la nuestra. Estamos, sencillamente, dejando de ser humanos.
Y el progre, que ha dejado de ser humano, necesita
fingir que lo sigue siendo con aspavientos filantrópicos. Entonces va y
prohíbe que a los niños supervivientes de sus carnicerías les peguemos
un cachete. Tal vez en el llanto de esos niños cacheteados oiga el
llanto mudo de los niños que arrojó a la trituradora, cuando aún no
daban la talla. Tal vez en el rostro lloroso de los niños cacheteados
vea el rostro de los niños que no llegaron a tenerlo, porque nunca
fueron mirados con los ojos del corazón.
Juan Manuel de Prada