(Aceprensa, 5 de marzo de 2008)
El 25 y el 26 de febrero ha tenido lugar
en el Vaticano el Congreso Internacional de la Academia Pontificia para
la Vida, que este año se ocupaba de los problemas éticos relacionados
con el final de la vida y la enfermedad terminal. Además de la
intervención de Benedicto XVI, el Congreso aportó otras interesantes conclusiones.
Una
de las especialistas invitadas al congreso fue la doctora Paulina
Taboada, internista especializada en medicina paliativa, profesora de
la Pontifica Universidad Católica de Chile y directora del Centro de
Bioética de la misma universidad. En su exposición sostuvo que un
excesivo énfasis en el principio de autonomía del paciente, en la toma
de decisiones sobre su terapia, conduce a un déficit de la cercanía y
de la responsabilidad del médico.
Se enfrentaba así a una
tendencia médica muy extendida, sobre todo en el ámbito anglosajón, que
propugna, en palabras de Taboada, "la capacidad de decidir del paciente
y su total responsabilidad: lo que él decida es, en definitiva, lo que
debe hacerse". La doctora puntualizó que es cierto que "la
responsabilidad última hacia la salud y la vida propia la tiene uno
mismo, pero para poder tomar una decisión responsable en cuanto a los
tratamientos médicos se necesita información, y ésta habitualmente
viene del personal médico"; por lo tanto, concluye que "para que el
paciente pueda ejercer bien esta responsabilidad necesita que el equipo
sanitario le brinde una información comprensible, completa, adecuada a
su situación y que de alguna forma también incluya un juicio moral".
Diálogo médico-paciente
La
propuesta alternativa que propuso la doctora Taboada se basaba en un
diálogo entre médico y paciente para llegar a una decisión común sobre
la terapia adecuada. Según su parecer, "dejar al paciente solo en la
toma de decisiones, entregándole únicamente información -por ejemplo,
estadísticas-, y luego esperar a que opte por lo que quiera, es una
forma de abandono del paciente, y una forma de individualismo".
Durante
su intervención, aportó también interesantes argumentos relativos al
contexto social que ha de rodear al paciente, sobre todo en las etapas
terminales de la enfermedad: "Cuando uno sufre se ven afectadas todas
las dimensiones y se experimenta una cierta soledad; hay algo
incomunicable; (...) pero cuando una persona se aproxima al final de su
vida esto se multiplica, porque a los sufrimientos físicos -dolor,
debilidad, náuseas, pérdida de la imagen corporal...- se suma el dolor
espiritual de aproximarse al fin de la vida y no saber qué viene
después, cómo será este fin, si habrá dolor, si se estará acompañado o
solo".
Desde su experiencia en atención de enfermos terminales a
través de la medicina paliativa, la doctora subrayó la importancia de
"aprender a escuchar"; y dijo que esto "supone también captar los
signos corporales, no sólo las palabras", pues "en numerosas ocasiones
los pacientes expresan mucho de lo que están viviendo a través de
gestos, desde la postura en la cama a los ademanes de las manos, de la
cara".
La doctora Taboada trató de definir en sus justos
términos algunos de los conceptos esenciales en los juicios éticos en
torno a las terapias, como la distinción entre medios ordinarios y
extraordinarios, que no siempre es bien comprendida en el estamento
médico. En su opinión, "la mentalidad médica está formada por un
pensamiento científico-técnico al que le gustan las respuestas
concretas y rápidas"; y, sin embargo, "para poder responder hasta dónde
llegar con terapias médicas hay que hacer un juicio ético, un juicio
prudencial, que es complejo, que necesita calma y tomar en cuenta
muchos elementos". Entre esos elementos de juicio, la doctora Taboada
se refirió a "la utilidad médica del tratamiento, es decir, la
evidencia científica que existe de que ese tratamiento puede ayudar a
ese paciente en concreto".
También mencionó como factor que
tener en cuenta en la decisión "las complicaciones de estos
tratamientos, ya que todos tienen asociado algún efecto adverso". Por
último, hay que tener en cuenta "si ese tratamiento está disponible en
el lugar de que se trate". En este sentido reconoció que se trata de
"una cuestión compleja en países pobres, porque en las capitales puede
existir y en los pueblos más alejados no".
Hacer las paces con la muerte
El
presidente de la Academia Pontificia para la Vida, Mons. Elio Sgreccia,
cerró el Congreso con una conferencia en la que abordó el delicado
momento de la comunicación al paciente del carácter incurable de su
enfermedad. Al tratar de los obstáculos que dificultan a la sociedad y
al individuo enfrentarse a la verdad de la muerte, se refirió a "la
secularización de la cultura y de la sociedad", a la "experiencia del
bienestar" y al "aumento de la vida media" en los países desarrollados.
Desde el punto de vista del médico, como interlocutor importante del
diálogo, se refirió a un obstáculo importante, al decir que con los
avances médicos, la muerte pasa "de ser considerada como evento natural
en el ámbito mismo de la medicina, a contemplarse como fracaso,
limitación, falta de éxito".
La propuesta de Sgreccia se apoyó
en una frase: "con la muerte -dijo- hay que hacer las paces cuando se
vive". Con esto, el presidente de la Academia subrayó que la
desorientación al afrontar el tramo final de la vida procede de "no
haber anticipado un concepto de muerte en nosotros mismos que esté
abierto a la esperanza, a lo positivo, y por lo tanto sostenido por el
amor".
Con este objetivo, sugirió a los médicos construir este
difícil diálogo sobre lo que llamó la verdad global, es decir, "la del
valor que tienen esos días, la de la esperanza que tenemos enfrente, la
del momento del encuentro con Dios, especialmente si el paciente está
abierto a la fe; si no, hay una labor que hacer para orientar, si es
posible, hacia lo positivo, hacia el acto final de la vida". Para
Sgreccia, en ese momento de la muerte cercana se ha de hablar no sólo
de una "verdad clínica", sino de "una verdad global".