(Canarias7, 11 de mayo de 2008. Publicado en Bioeticaweb )
La decisión de legalizar la eutanasia, significaría no sólo
tener en cuenta los deseos de autonomía de algunas personas, sino
también otras consecuencias para la sociedad de cuya responsabilidad no
puede desentenderse un postura pro legalización
Recientemente participé en una reunión
internacional organizada con el fin de promover legislaciones que
acepten la eutanasia. Uno de los promotores de la ley holandesa estuvo
describiendo el camino recorrido en ese país con el fin de mostrar la
vía para su legalización en otras naciones. Como es lógico, se deshizo
en alabanzas por la bondad de las leyes que habían aprobado, incluida
la de eutanasia para niños recién nacidos. En
su discurso contó un hecho que se les había presentado hacía poco
tiempo: un señora mayor había solicitado que acabasen con su vida
porque habían muerto los dos perros que tenía, y ahora su existencia
carecía de sentido. La comisión que tenía que decidir se quedó un poco
perpleja, y tardó un mes en adoptar una postura. De todas formas eso ya
no importó porque la mujer se había suicidado. El ponente también se
sentía desconcertado y no fue capaz de hacer ningún comentario.
Su
dificultad, me parece, era debida a la concepción unidimensional de la
eutanasia. En efecto, para muchos -y así lo difunden- la eutanasia es
ejercicio máximo de la autonomía y libertad del individuo. Parecería
que el acto en el que más se ejercita la libertad humana es en la
destrucción de la propia vida. Se trata sin duda de una decisión que
supone un gran esfuerzo mental, porque el rechazo sicológico a tomar
tal medida es muy fuerte, -de hecho se suele pensar que los suicidas lo
hicieron en momentos de desequilibrio psíquico-. Lo que ya no parece
tan claro es que, por necesitar un esfuerzo tan grande, se trate de un
acto de máxima libertad, y no sea más bien una experiencia de máximo
fracaso.
Si sólo se tiene en cuenta la referencia a la autonomía del
individuo, que hacen los defensores de la eutanasia, y no se tienen en
cuenta más aspectos es difícil rechazar la legalización de la
eutanasia, aunque nos lleve a situaciones absurdas. Pero además de esta
referencia se debe contar también con otros mensajes que,
ineludiblemente, los legisladores mandarían a la población si se
planteasen legalizarla. No es conveniente olvidar la función pedagógica
de la ley, que la convierte en fuente de enseñanza sobre lo que está
bien y lo que está mal.
El
primero de estos mensajes sería afirmar que el dolor no tiene ningún
sentido. Mientras se pueda compensar con placeres más grandes, sería
aceptable. Pero si ello no es posible hay que rendirse y huir
desapareciendo. Ciertamente el valor del sufrimiento humano es un
misterio, quizá sólo aceptable en un entorno de amor. Pero legalizar la
eutanasia es afirmar que no tiene ningún sentido, y dejar a la persona
sóla con su sufrimiento, precisamente en los momentos en los que más
necesita del acompañamiento y la solidaridad de los demás.
Otro
mensaje que se nos lanza es que estamos solos, y por nosotros mismos no
valemos nada para los demás. En efecto, mientras podemos producir y
aportar recursos nadie duda del valor de nuestra vida, pero si nos
encontramos débiles e incapaces, ¿qué valor tiene la vida en su
desnudez? Inmediatamente aparece el pensamiento de que pudiendo
quitárnosla, sin embargo estamos siendo una carga pesada para
familiares o acompañantes, a los que, según parece, no les aportamos
nada. Con este planteamiento es fácil comprender el acoso sicológico
que cualquier anciano o enfermo grave se vería abocado a sufrir.
Un
tercer mensaje es que, una vez admitido que hay vidas que pueden ser
inútiles, y cuyo mantenimiento supone gastar fuerzas y recursos que la
sociedad "necesitaría" para otras aplicaciones, fácilmente familiares o
tutores pueden decidir que se acabe con ellas. Es más, llegado el caso,
el mismo Estado podría constituirse en autoridad representante de la
sociedad para tomar esas decisiones.
Por
último, en una sociedad que cultural y jurídicamente se basa en la
igualdad de todos ante la ley y en la defensa de toda vida humana,
entrar en planteamientos de legalizar acabar con algunas vidas humanas
por los motivos que sean, y aunque sea con su consentimiento, supone
una ruptura de los pilares básicos sobre los que se asienta nuestra
cultura, y admitir que la sociedad tiene el deber de matar a algunos de
sus ciudadanos, por determinados e importantes motivos.
Ante
esta situación que aparece por el horizontes, y antes de que avancemos
más hacia ella, parece que lo más interesante es poner todo el esfuerzo
en buscar soluciones médicas y humanas a los problemas que la
enfermedad o la vejez pueden producir, y apartar de nosotros la fácil
tentación de acabar con los problemas, acabando con los que los tienen.
Francisco José Ramiro