(Diario Médico, 7 de abril de 2008)
Poca gente que conoció el caso
de la francesa Chantal Sebire no sintió una gran comprensión sobre la petición de
esta antigua maestra de escuela de poner fin a su vida Horriblemente desfigurada
y con frecuentes dolores por los tumores incurables que aparecieron en su
rostro y cráneo la petición de Sébire para que los médicos pudieran terminar
legalmente con su vida conmovió profundamente a la opinión pública francesa.
También promovió un reexamen de las leyes francesas que prohíben la eutanasia, reflexiones
que han continuado después del suicidio de Sébire el pasado 19 de marzo.
Pero el apasionado debate sobre
este caso podría haberse desarrollado de modo diferente si el público francés hubiera
sido informado de un aspecto desconocido: que Sébire había rechazado de forma
continuada el tratamiento para su enfermedad durante
unos cinco años antes de que
evolucionara a la fase terminal que le condujo al suicidio.
Médicos con un cercano conocimiento
del caso han dicho a la revista
Time
que, aunque muy raro, el estesioneuroblastoma que sufría Sébire se puede
controlar a través de una detección precoz y una resección quirúrgica. Por
medio de estas operaciones, dicen los especialistas, los pacientes normalmente
salen adelante y pueden llevar una vida normal. Después de que su enfermedad le
fuera diagnosticada en 2002 como causa de sus repetidas hemorragias nasales, Sébire
rechazó las propuestas de intervención quirúrgica y más tarde rehusó los
cuidados paliativos y los fármacos para reducir el dolor que le ofrecieron los médicos.
Solo después de que sus tumores hubieran crecido y alcanzado el cerebro, y
atemorizada por la deformidad de su fase final, Sébire tomó la determinación de
obtener la eutanasia legal de los mismos médicos cuyo tratamiento ella había
despreciado originalmente. Esto causó una considerable inquietud entre los médicos
y bioéticos que se quejaron de que ni la atención de los medios de comunicación
centrada en la desesperada petición de morir de Sébire ni la simpatía pública
que generó les dejaron explicar el manejo de esta enfermedad.
"Desde el momento en que rechazó
el tratamiento quirúrgico estaba claro que sus tumores llegarían a la fase terminal"
dice Jean Louis Beal, director del Servicio de Cuidados Paliativos del Hospital
Universitario de Dijon, que en varias ocasiones aconsejó a Sébire tratarse de
la enfermedad y del dolor que sufría. Beal dice que especialistas de al menos
tres hospitales franceses le ofrecieron operaciones con relativamente buenas
expectativas de éxito -mas del 70 por ciento de éxito completo en la mayoría de
los casos-, si bien, como es normal, no podían asegurar la ausencia de riesgos potenciales
de muerte o incapacidad; pero todas esas propuestas fueron rechazadas por Sébire.
Ante uno de esos ofrecimientos, Beal
recuerda cómo Sébire le replicó que "los fármacos son productos químicos, los químicos
son venenos, y no me quiero envenenar". Sin embargo, las estrictas opiniones de
Sébire parece que sufrieron un vuelco cuando decidió pedir que la mataran.
"Durante años rechazó la ayuda
de la comunidad médica para tratar su enfermedad y para limitar su evolución y
dolores" recalca Beal. "Entonces, hacia el final, pidió a los médicos que le
ayudaran a morir usando el mismo tipo de fármacos que había rehusado como
tratamiento".
Las encuestas planteadas dos semanas
antes del suicidio de Sébire (caso que está siendo investigado por la posible
asistencia a morir) mostraron un significativo respaldo a la legalización de la
eutanasia en pacientes terminales. La campaña pública de Sébire por el derecho
a morir jugó un papel indudable en la cifra de1 87 por ciento. Pero es legitimo
preguntarse si su clamor mor hubiera recibido el mismo apoyo si se hubiera
sabido que había rechazado la cirugía o el uso de fármacos para frenar su
avance.
Axel Kahn, médico y directivo
del Comité Nacional de Bioética de Francia, reconoce que "hay varios aspectos incoherentes
en la actitud de Sébire hacia el tratamiento y petición de una muerte
administrada: "La respuesta pública a su condición y petición de eutanasia fue
compasiva y emocional. El difícil análisis ético de si su peculiar decisión sobre
su enfermedad socava su
derecho a
pedir la eutanasia implica una conclusión racional. Y en nuestro mundo
raramente ganará lo racional a lo emocional".
Bruce Crumley, Time