(Aceprensa , 7 de mayo de 2008)
Ignacio Aréchaga
Nadie discute la necesidad de
desarrollar los cuidados paliativos a enfermos terminales. Lo curioso
es que, para algunos, la calidad de la atención parece contar menos que
el carácter público o privado de quien presta el servicio. Así,
El País (5-05-2008) critica que en la aplicación del Plan Integral de Cuidados Paliativos de la Comunidad de
Madrid solo se haya creado una unidad de estas características en un
hospital público, mientras que el gobierno regional ha establecido
conciertos con seis clínicas privadas para enviarles enfermos que
necesiten estos cuidados.
Sin duda, sería deseable que en todos los hospitales públicos hubiera servicios de cuidados paliativos, y hace bien
El País
en señalar el retraso en su implantación. Lo que tiene menos sentido es
que, en lugar de alegrarse por la existencia de estos servicios en
clínicas privadas, que suplen la falta de camas en los hospitales
públicos, ponga el acento en el riesgo de "privatización", como si este
fuera el grave problema del sector.
¿Será porque los
enfermos están peor atendidos en el sector privado? Nada en el
reportaje hace suponer tal cosa. ¿Será porque cuestan más al erario
público? No se manejan cifras en la información, pero ya de entrada la
Comunidad se ha ahorrado la inversión necesaria para crear
estos servicios, que ha corrido a cargo del capital privado. ¿Será
porque se desvían pacientes hacia clínicas privadas? Cuando se trata de
clínicas abortistas, esto no parece ser problema, al menos para
El País , que defiende con tenacidad este sector tan privado y concertado con la sanidad pública.
Entonces,
¿cuál es el problema? El problema, bien resaltado en los titulares, es
que cinco de las seis clínicas que ofrecen cuidados paliativos son "de
inspiración religiosa", unas de órdenes religiosas (San Rafael, San
José, los Camilos...) y otra más reciente de la
Fundación Vianorte, inspirada por miembros del Opus Dei.
Este
hecho, dice el periódico, "ha despertado recelos entre los sectores
médicos progresistas", que consideran una irresponsabilidad que la
Comunidad "privatice (estos cuidados) en manos de colectivos con un perfil ideológico muy definido".
Se
entiende que el perfil ideológico solo es sospechoso si incluye una
connotación religiosa, que pueda atender también la dimensión
espiritual del enfermo terminal.
Vade retro!, una muerte
digna solo puede ser laica. ¡A ver si se van a encontrar allí con un
capellán que les confiesa en el lecho de muerte y les pide el voto para
el PP!
En el fondo, se advierte la gratuita sospecha de que la
inspiración religiosa va a impedir que se mitigue el dolor del enfermo
terminal, por considerar que la vida está en manos de Dios y que la
muerte no debe ser provocada por el hombre. Este recelo supone
desconocer la doctrina católica, que no rechaza utilizar fármacos que
calmen el dolor, aunque indirectamente aceleren también la muerte. Pero
sobre todo significa olvidar que si hay una religión que se haya
preocupado de mitigar el dolor de los enfermos a lo largo de la
historia ha sido el cristianismo. Basta pensar en la creación de los
hospitales, o en la fundación de órdenes religiosas dedicadas
específicamente a la atención de los enfermos, de los ancianos y de los
moribundos.
El mismo hecho de que en la Comunidad de
Madrid los cuidados paliativos al enfermo terminal se hayan
desarrollado sobre todo en hospitales de inspiración religiosa indica
ese compromiso cristiano en la lucha contra el dolor y por la
humanización de los últimos momentos de la vida. Si esos sectores
médicos que ven con recelo esta labor fueran realmente "progresistas",
se habrían adelantado a crear ellos mismos estos servicios que el
progreso de la medicina exige. Pero, para estos sectores, lo que
procede del sector privado solo puede ser un paliativo de la acción
pública.