(Zenit, 21 de febrero de 2007)
Segunda parte de la entrevista con la directora del Organismo Católico para la Vida y la Familia de Canadá (ver primera parte)
El «derecho a morir» podría convertirse en «deber de morir», constata
Michèle Boulva, directora del Organismo Católico para la Vida y la
Familia (OCVF), en una entrevista concedida a Zenit.
--Hay personas que reclaman el derecho a morir en nombre de la libertad. ¿Qué pensar de esto?
--M. Boulva: En nuestra cultura, la autonomía personal se ha
convertido casi en un absoluto. Toda opción es considerada válida
siempre que no cause mal a los otros. Aplicada a la eutanasia y al
suicidio asistido, esta actitud individualista amenaza al bien común de
la sociedad porque tiene consecuencias no sólo para la persona que
elige morir, sino para toda la sociedad.
Como ha escrito la renombrada experta canadiense en ética Margaret
Somerville, «la legalización de la eutanasia causaría un perjuicio a
los valores y a los símbolos de la sociedad importantes que se fundan
en el respeto a la vida humana» («Vancouver Sun», 5 junio 2006).
Nuestra percepción del valor y de la dignidad de cada vida humana
cambiaría. Como un producto de consumo, la vida humana perdería su
valor a medida que se aproximara a su «fecha de caducidad».
La confianza fundamental que nosotros depositamos en los médicos,
en los enfermeros y enfermeras, en los abogados, sabiendo que se oponen
a la eliminación de cualquier persona, se desvanecería. Sería
igualmente muy difícil prevenir el abuso. En nuestra sociedad que
envejece, que tiene que afrontar el alza del coste de los cuidados
sanitarios, el llamado «derecho a morir» correría el riesgo de
convertirse en un «deber de morir».
Según la tradición cristiana, Dios concede a los seres humanos un
cierto grado de autonomía: nuestra inteligencia y nuestra voluntad nos
permiten tomar nuestras propias decisiones. Pero no somos propietarios
del don de la vida, somos sus administradores. La libertad verdadera
nos lleva no sólo a elegir sino a elegir el verdadero bien que Dios nos
revela para nuestra felicidad eterna. Todo ejercicio de la libertad o
todo acto de autodeterminación que contradice el plan de Dios sobre
nosotros, como individuos o como seres sociales, es contrario a la
auténtica libertad.
--Con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo, ustedes han
publicado un folleto con el título «Vivir, sufrir y morir... ¿por qué?»
¿A quién se dirigen en concreto?
--M. Boulva: Aunque esta publicación se dirige en principio a los
católicos, interesará también a toda persona en búsqueda de felicidad y
de un sentido a la existencia y al sufrimiento. Lo hemos concebido en
el contexto de una sociedad descristianizada que necesita redescubrir
sus raíces. Ha llegado el momento de volver a proponerle la esperanza
cristiana. Cristo viene a dar un significado inesperado a nuestras
vidas. Muchos encuentran en Él la fuente de su perseverancia, de su
esperanza, e incluso de su alegría en la adversidad. Esta reflexión
invita a los lectores a contemplar uno de los grandes misterios de la
vida: el dolor y el sufrimiento. Revela el sentido cristiano profundo,
inspirándoles un sentido renovado de la esperanza, del valor y de la
paz.
--¿En qué puntos insisten especialmente?
--M. Boulva: Recordamos el formidable proyecto del amor de Dios
sobre cada uno de sus hijos en la tierra, su deseo de entrar en
relación de amistad con cada uno de nosotros, su sueño de vernos
colaborar libremente con Él para construir un mundo más justo y más
humano, y como todo esto se realiza en la vida ordinaria de cada día.
Es ahí donde podemos vivir un encuentro extraordinario con Dios:
sencillamente, en el trabajo y la vida familiar, en el tiempo libre y
los compromisos sociales, hablar a Dios y ofrecerle todo por amor.
Pues Cristo quiso dar un sentido divino a nuestras vidas. Nuestras
cruces, pequeñas y grandes, unidas a la suya, encuentran todo su
sentido en la Eucaristía. Es ahí donde Cristo las toma y las ofrece al
mismo tiempo que la suya para que nos convirtamos en corredentores con
Él. ¿Se puede imaginar una mayor dignidad?
Abordamos por último la cuestión de la solidaridad, de los cuidados
paliativos y del llamamiento a la compasión verdadera que nos lanza
Cristo reconocido en la persona sola, disminuida, angustiada,
abandonada. Cada uno de nosotros está llamado a la vez a servir a
Cristo sufriente y a ser el Cristo Servidor que sostiene al otro en los
días de sufrimiento para que conserve el valor hasta el término natural
de su vida. He aquí lo que significa «ayudar a morir» para un
cristiano: ayudar a vivir hasta que el otro llega naturalmente al
momento más importante de su vida, su paso hacia la eternidad y su
encuentro cara a cara con Dios.