(La Gaceta, 16 de junio de 2007)
Se ha convertido en el polaco más famoso de
los últimos tiempos. Después de casi 20 años, el pasado 12 de abril
consiguió recuperar repentinamente el habla y las fuerzas. Jan
Grzebski, que trabajaba como ferroviario, tuvo un accidente en 1988 y
pasó cuatro años en coma. Hace 15 años recuperó la consciencia pero no
podía hablar y sufría desde entonces una parálisis total. Me encuentro
a los Grzebski justo delante del bloque donde viven. Una de las nietas
del señor Grzebski lleva la silla de ruedas. Me presento y nos sentamos
en un banco del patio.
¿Salían a pasear antes de que comenzara a recuperarse?
Jan Grzebski - ¡Ni hablar! Eso era imposible. - Habla en voz baja pero se puede comprender perfectamente lo que dice.
Gertruda Grzebska - Lo intentamos, pero no había manera. Su cuerpo estaba inerte y tendríamos que atarlo a la silla.
Veo que maneja relativamente bien el brazo. Fue en abril cuando hizo sus primeros movimientos desde hacía 19 años, ¿no es así?
G.G. - Bueno, antes había algún movimiento, pero ahora los domina.
Igual con el habla. Antes sólo se le escapaban algunas palabras.
J.G. - Ahora ya ve. Puedo construir frases completas.
¿Y cómo se entendían durante todo este tiempo?
G.G. - Con los ojos. Sólo con ayuda de los ojos.
J.G. - Es que son 42 años de casados. Sabe todo lo que pienso.
G.G. - Jan, se te nota ya cansado. Vamos, subimos a casa.
Los Grzebski viven en la entreplanta de un bloque nuevo, pero que
carece de ascensor. El aparato, que instalaron el jueves pasado, sirve
en teoría para facilitar la entrada del señor Grzebski a su casa, pero
más bien dificulta la operación, así que con la ayuda de un vecino
levantamos a pulso la silla de ruedas.
G.G. - Vino la televisión, montaron el aparato éste y nada. No sirve.
J.G. - No te preocupes, dejamos esta noche la puerta abierta y ya se lo llevará alguien (risas).
G.G. - Ahora podemos salir juntos de vez en cuando. Y vamos a la
rehabilitación. Pero es un lío. Hay que poner a todo el bloque en
guardia.
Entramos. Es un pequeño piso de tres habitaciones decorado con buen
gusto. Algunas imágenes como la de la Virgen de Czestochowa manifiestan
la fe de los habitantes de la casa. La señora Grzebska tumba a su
marido en el sofá con movimientos bien precisos.
G.G. - La verdad es que ya no tengo fuerzas. Un día tras otro
repitiendo lo mismo... Ha habido días que hasta las tantas de la mañana
han estado aquí. Han venido de todos sitios.
J.G. - Tienes que poner un magnetofón.
G.G. - Pero en mi casa me enseñaron que a los invitados hay que
recibirlos. Y ¿qué iba a hacer? ¿Dejarle en la calle con el calor que
hace? Si veo a alguien que necesita ayuda, tengo que echarle una mano.
Por eso sigue vivo su marido...
J.G. - Si no es por ella, yo ya no estaría en este mundo. Sé que debo
mucho al hospital, pero sobre todo siento un agradecimiento indecible a
mi esposa, que durante esos 19 años no me ha abandonado ni un momento;
siempre ha estado a mi lado, haciendo todo lo que necesitaba y siento
que a ella le debo la vida.
G.G. - Ha sido mucho trabajo. Muchas lágrimas también. Pero sin ese
esfuerzo no habría habido milagro. Mírele las piernas. Las tiene sin
ninguna herida, ni venas hichadas, ni moratones. Tenía un poco en los
glúteos, pero ya se le fue. Y en el hospital, ¡hay que ver cómo están
algunos pobres enfermos! Pero a Jan lo hemos cuidado, toda la familia
lo ha tratado con mucho cariño.
¿Cómo reaccionó la familia cuando comenzó a deteriorarse la salud de Jan?
G.G. - He estado pensando en eso últimamente y creo que les enseñé a
llevarlo. Antes estaba sano y de repente está tumbado y sólo nos podía
mirar. Nuestros hijos venían al salón, se sentaban y hablaban con él. Y
cuando dejaron de vivir con nosotros, pues venían también con los
nietos.
¿Y cuál es el pronóstico?
G.G. - Mire, ayer vino a casa un médico muy conocido en Polonia, pero
no puedo decirle ni de dónde es. Y dijo: "Este hombre andará de nuevo".
En el hospital no han encontrado su historial. Yo creo que sienten un
poco de vergüenza.
¿Vegüenza por qué?
G.G. - Porque pensaban que yo les había contado no sé qué historias a
los periodistas y no acababan de creer que habíamos estado cuidando a
Jan en casa todo este tiempo. Ahora le harán una revisión en la cabeza,
pero me han dicho que podría ser que el tumor que tenía se haya secado.
Yo ya no sé. Pero tampoco sé las veces que creía que se nos iba, si
cien o más. Las veces que se ahogaba con su propia saliva y tenía que
darle agua helada y entonces escupía una especie de flema horrible.
¿Y cómo podía llevarlo sola?
G.G. - Rezaba mucho. Lloraba también mucho. El año pasado, cuando
tuvimos que ingresarle ya no podía más. Y entonces le pedí a Dios que
hiciera lo que viera mejor, que me ayudara a llevarlo porque estaba sin
fuerzas, que no iba a decirle yo lo que tenía que hacer. Y no sé cómo
aguanté todo el mes allí, día y noche. Las enfermeras me animaban a ir
a dormir a casa, pero yo no quería. ¡Y si al día siguiente me lo
encontraba sin vida!
¿Y en qué pensaba usted durante todos estos años?
J.G. - Recuerdo estos años un poco como nublados. Eso de que al
enfermar recordaba sólo vinagre en las tiendas y ahora todo es de color
es una exageración de los periodistas. Pero durante este tiempo pensaba
en que tenía que seguir viviendo. No podía dejarla sola. Ya ve la
fuerza de voluntad que tiene, ella se las apañaría muy bien. Pero no es
lo mismo estar solo.
'Me di cuenta de que Dios tiene sentido del humor'
La vida de Jan y Gertruda Grzebski cambió diametralmente desde que él,
19 años después de quedar paralizado y en estado vegetativo tras
recibir el impacto de una locomotora, volvió a hablar y a moverse.
La noticia, recogida por el diario local, Gazeta Dzialdowska, corrió
como la pólvora por toda Polonia, primero, y por todo el planeta al
poco tiempo. Hubo quien trató luego de quitarle peso al acontecimiento
argumentando que no podía hablarse técnicamente de un estado de coma, y
los doctores siguen aún sin ponerse de acuerdo sobre lo sucedido, pero
lo importante para los Grzebski no es la denominación exacta de la
enfermedad, ni el renombre mundial adquirido. Ellos, y especialmente
Gertruda, ven claro que todo el esfuerzo de la familia ha tenido
sentido, y que sin el cariño de todos el "milagro" no habría tenido
lugar.
Esta valiente pareja ha aprendido incluso a reírse de las exageradas
formas de algunos medios de comunicación de contar su historia. Pero la
protagonista verdadera de este relato que ha recorrido todo el mundo es
la señora Grzebski. Ella reconoce haber tenido numerosos momentos de
cansancio en los que lloró, pero siempre estuvo al lado de su marido.
Recuerda los numerosos momentos en los que ha rezado para pedir a Dios
que le diera fuerzas: "Aguanté y luego me di cuenta de que Dios tiene
sentido del humor. Antes yo le trataba con mucha seriedad, pero desde
hace unos meses le digo: "Yo que te pedía sólo aguantar, y vaya lío que
has montado ahora".