(La Gaceta, 19 de octubre de 2007)
Algunos
hombres son milagros en sí mismos. Si no mueven montañas,
las hacen, cuando menos, temblar y estremecer con el viento huracanado
de su voluntad. Kyle Mainard no tiene dedos para acariciar la carrocería
de su coche ni dispone de armoniosos pies para patear certeramente
un balón. Sus brazos concluyen en los codos y el arranque de
sus rodillas constituye el abrupto final de sus piernas. Nació
hace 21 años en Estados Unidos con una limitación física
denominada amputación congénita. No obstante de anatomía
tan poco agraciada y taras que infundirían pavor a un espartano,
ha logrado ser, entre otras cosas, campeón de lucha libre por
el estado de Georgia y se ha consumado como un elocuente conferenciante
que anima a las personas a coger la adversidad por el pescuezo y a
retorcérselo con coraje y alegría. Mainard se arrastra
por los escenarios del mundo con la obstinación de un musculoso
caimán que albergara el corazón de un león y
los pulmones de un toro. "No cambiaría nada de mí
si tuviera que volver a nacer -asegura-. Me gusta como soy.
No lamento tener el aspecto que tengo. Todo es posible si uno tiene
fe en que el hombre lo puede todo. Yo, por ejemplo, tras mucho esfuerzo
y sacrificio, puedo conducir, afeitarme o teclear 50 palabras por
minuto".
Bosco
Gutiérrez, un arquitecto mexicano de 48 años, tampoco
haría rectificaciones y retoques en las estampas más
cavernosas de su pasado. Ni aunque atesorara ese poder. Y eso que
algunas de ellas despuntan por exudar una crudeza apocalíptica.
Le secuestraron unos mafiosos hace ahora 17 años, por la dichosa
plata. Durante nueve lunas, permaneció encerrado, casi aplastado,
por las sombras de un zulo, de uno por tres metros. Medio desnudo,
medio destruido, medio hombre, medio muerto. Pero no llegó
su hora. Despidió a los heraldos de la muerte al tomar una
decisión: desenvainar una fe algo oxidada y esgrimirla en aquel
reducto de podredumbre. "Si no hubiera estado secuestrado, no
hubiera aprendido a valorar la vida y el amor de mis hijos -comenta
con una sonrisa tranquila como una nube lamida por el sol-. Dios
me dejó nueve meses en las fauces de la muerte para que volviera
a nacer con un nuevo espíritu. No me lamento por lo mal que
lo he pasado. Ha sido una bendición y estoy agradecido al cielo".
Banquete
en las cumbres
El uruguayo Nando
Parrado tampoco se achantó cuando el destino le volcó
varios litros de infierno. Nadie le habría puesto un cero en
valentía si hubiera optado por mearse en las mudas y dejarse
engullir por el más allá. Lo que vivió él
no lo vivió ni el santo Job. Es uno de los 19 supervivientes
de la desgracia aérea acontecida en la cordillera de los Andes,
en octubre de 1972. Viajaban a bordo del aparato 49 personas. La borrachera
del piloto fue la principal causa del impacto contra las nieves perpetuas.
Una historia conocida. Los vivos se alimentaron con la carne de los
muertos. "Los 29 supervivientes al impacto -relata-
nos comprometimos a donar nuestros cuerpos para que sirvieran de alimento
a los que vivían". Parrado hizo acopio de agallas y no
le tembló la lengua cuando se metió en la boca el primer
bocado de sus compañeros fallecidos. "Usted hubiera hecho
lo mismo de haber estado allí", explicó tranquilamente
a este redactor. La proeza gastronómica de este hombre dio
paso a una heroicidad atlética. Dejó el refugio del
avión hundido en las frías laderas y se adentró
en la soledad andina en busca de algún atisbo de civilización.
"Aquella soledad fue pavorosa. El único camino que parecía
estar recorriendo era el camino hacia la muerte". Se equivocaba.
Después de aquella maratón de pánico y de desgaste
físico y moral, Parrado se aventuró en los senderos
del mundo empresarial. Le ha ido de cine, pero no de cine de suspense,
sino de comedia musical. Actualmente es productor televisivo y columnista
en el rotativo más puntero de Montevideo. "No tengo problemas
para comer carne", añade socarrón.
Este trío
de ases participó en Madrid, en el Primer Congreso de Jóvenes
con valores. Ante más de 2.000 jóvenes, relataron lo
que sufrieron y reflexionaron sobre lo que fueron y lo que son ahora.
Auspiciado por ABC y la Fundación Rafael del Pino, entre otros
patrocinadores, el encuentro fue una eclosión de mensajes esperanzadores,
ricos en apologías al espíritu y a los valores que vertebran
el cristianismo. Nítido era el objetivo: ofrecer a la juventud
una formulación fresca sobre la necesidad de recuperar los
principios que aseguran la pervivencia de la sociedad y del hombre
cuando a éste se le quiebran las alas de la fe y el sentido
del humor.
"Soy
católico"
Bosco
Gutiérrez supo convertir su secuestro en una oportunidad para
conocerse, pensar y recapacitar sobre "lo que realmente importa".
Aprendió a aprovechar el tiempo dentro de sus posibilidades y
a mantener su salud física y mental. El día de la Independencia
de México, uno de los secuestradores le dijo que podía
pedirle lo que quisiese para comer. Bosco pidió un vaso de whisky,
pero algo dentro de él le dijo que debía rechazarlo y
ofrecer esa mortificación por su familia. Acabó tirando
la bebida alcohólica por el váter. Un día, se le
ocurrió fabricar un pequeño gancho con los muelles de
la cama. Sólo lo utilizaría para ahorcarse en caso de
que los secuestradores le abandonasen. Apenas 24 horas antes de que
su familia pagase el rescate a los secuestradores, trató de abrir
la puerta con el utensilio. La abrió, pero no consiguió
volver a cerrarla. Se asomó al exterior y, tras observar que
uno de los captores estaba dormido, se deslizó hasta una ventana
y escapó. Bosco confiesa que "aprendió "que
es más fácil ser santo secuestrado que santo libre".
En aquel lugar -explica- aprendí a rezar y día
tras día intentaba ser mejor en alguna cosa. La vida rutinaria
puede ser mucho más dura porque a veces perdemos el norte. Este
mexicano cree que la juventud de hoy en día no es distinta a
la de hace unos años. Pero agrega que es preciso recordar que
la felicidad del hombre no está sólo en el comer o en
el dinero. "La felicidad está en la riqueza interior de
cada uno, en su vida interior", asegura. Asimismo, considera que,
a menudo, no sabemos valorar la salud o nuestra familia. "Cuando
estás sólo en un zulo, desnudo, te das cuenta de lo importante
que es Dios, la familia, los amigos..." Bosco dice que, si fuese
entrenador de la vida, animaría a la gente a pensar que pueden
ejercitar su voluntad. "Yo soy católico y la formación
espiritual y humana que recibí de mis padres me ayudó
mucho en aquel agujero", apostilla.
(Tomado de www.fluvium.org)