(Alfa y Omega, 10 de enero de 2008)
La tercera hija de Inma y Javier nació con parálisis cerebral. Poco tiempo más tarde, tuvieron cuatro hijos más. Lo que para muchos sería una desgracia, ellos, a golpe de fe y esperanza, lo han transformado en su felicidad particular, entretejida en una familia numerosa y unida, en la que se cuidan unos a otros y donde nunca falta la alegría.

Inma y Javier se casaron hace 19
años. Él tenía 27 años, y ella 24. Al poco, nació Almudena, que ya tiene 18
años. Después, vino Santiago, de 17, y dos años más tarde, vendría Pilar. Cuando
Inma estaba embarazada de Pilar, comenzó a tener graves complicaciones, que le
obligaron a permanecer en el hospital inmovilizada varios meses. Finalmente,
Pilar nació a los seis meses de gestación, y pesó poco más de un kilo. Aunque al
principio todo parecía que marchaba bien, a los quince días los médicos
comenzaron a alertar sobre unas manchas en el cerebro de la niña, que se podían
advertir en el scáner... El resultado, más adelante, estuvo claro: la niña
padecía parálisis cerebral.
«Yo creo que la asistente social que nos atendió
en su día estaba segura de que yo no sabía a qué me estaba enfrentando -dice
Inma-, de que no acababa de darme cuenta qué suponía la enfermedad de mi hija.
Supongo que era por mi juventud, pero no quise perder el ánimo en ningún
momento. Esto era lo que tenía, y con ello tenía que salir adelante. En el fondo
sentía como si Dios me hubiera dicho: «Mira lo que te mando, a ver cómo me lo
cuidas. Y yo creo que Dios te da la gracia para sobrellevarlo».
«El
neurólogo que trató a la niña -explica Inma- fue muy claro desde el primer
momento. Nos dijo que la niña no avanzaría nunca, que tenía lesiones
irreversibles, y que lo único que la ayudaría sería que nosotros disfrutáramos
de la vida, que nos divirtiéramos, que, como matrimonio, estuviéramos muy unidos
y fuéramos felices. Fue uno de los consejos más útiles que me han dado».
Después de nacer Pilar, les recomendaron que, ya que la niña necesitaba
muchos cuidados, esperaran unos años antes de tener más hijos. Y de hecho,
esperaron, hasta que decidieron fiarse de Dios, y cuatro años más tarde llegó
Pablo. Y después Álvaro, y después Antonio, y después Inmaculada. «La gente me
decía que si estaba loca, que cómo se me ocurría tener más hijos, con la
dedicación que necesita Pilar. Pero mi marido y yo somos creyentes, estamos muy
enamorados el uno del otro, y creemos que nuestros hijos son los que Dios ha
querido poner en nuestras manos. Me hace gracia cuando me preguntan si Pilar era
un
hijo deseado.
¿Cómo no va a serlo? Cuando te casas con alguien a quien
amas, estás abierto a la vida, y aceptas lo que venga y cuando venga, como una
gran alegría».
Claro, si no
estuvieras tú...
A Pilar le encantan las
Navidades, y cuando coge una pandereta no hay quien la pare, aunque sólo mueva
una mano. Casi no ve, pero conoce perfectamente a toda su familia y al personal
del colegio. Aprende muy lentamente, pero se sabe todos los villancicos y todas
las oraciones, hasta las más largas. Y es la favorita de sus hermanos, pues
ninguno se olvida de ella. «El hecho de que los padres no lo veamos como un
problema -opina Inma- hace que sus hermanos lo vean de la misma manera. Y es
cierto que ella nos condiciona todas las salidas que hacemos en familia. Hasta
hace poco no teníamos rampa, y cuando queríamos hacer algún plan, siempre había
que pensar en que estaba ella, que había que cargar con la silla, etc. Y si a
algún hermano se le escapa:
Claro, si no estuviera Pilar...,
con mucha gracia alguien le dice:
Claro, si no estuvieras tú...»
Inma piensa que todas las
cosas, las buenas y las malas, pueden llevarse con alegría y garbo. Sin grandes
ostentaciones, con sencillez, el sufrimiento puede mirarse desde otro punto de
vista si uno acepta la realidad que Dios le pone a cada uno en su camino. «Al
poco tiempo de nacer Pilar -recuerda-, escuché el Evangelio que habla del ciego
de nacimiento. Me acuerdo de que me ayudó muchísimo. En aquella lectura, se
planteaba si el hecho de que hubiera nacido ciego era un castigo para sus
padres. Y te explica que no, que es ciego y ya está. Me di cuenta de que, ante
las dificultades, no puedes pensar:
¿Qué he hecho yo para merecer esto?
No. Yo pienso:
¿Dónde iba a estar Pilar, mejor que
con nosotros? ¿Dónde se la iba a querer y cuidar más?»
A. Llamas
Palacios