Tony Melendez

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Tony Meléndez es un hombre de origen nicaragüense que vive en EEUU. Por culpa de la talydomida nació sin brazos. Acepta sus limitaciones físicas, pero no vive resignado.

Desde que en 1987 tocara su guitarra ante Juan Pablo II y éste le dijese que su deseo era que "continuase llevando la esperanza a todo el mundo", ha empeñado su vida en obedecer esa orden. Ahora, con 41 años, casado y dos hijos adoptados, ha dado conciertos en cuarenta países y vendido más de 35.000 ejemplares de su autobiografía "A gift of hope".

Cuando Sara Rodríguez ingirió en 1961 pastillas de talidomida, desconocía sus devastadores efectos secundarios y que estuviera embarazada. Casi nueve meses después nacía su cuarto hijo, Tony, sin brazos y con un pie torcido. "No, no, jamás le he echado la culpa a Dios", asegura el músico. "La culpa es de una droga en manos de un doctor que se la dio a mi madre. Ni siquiera le puedo echar la culpa al doctor, porque todavía no se conocían los efectos secundarios de la droga", explica Tony mansamente. Fue entonces cuando sus padres decidieron emigrar a los Estados Unidos desde Nicaragua, para que Tony recibiera el mejor tratamiento y atención que paliasen su minusvalía.

Su padre, sin embargo, no soporto la nueva situación familiar. Tras dejar un prestigioso puesto de trabajo como ingeniero agrónomo, el mejor empleo que encontró en los Estados Unidos era limpiar suelos y ejercer de peón en grandes fábricas. El padre cayó lenta pero irremisiblemente por la rampa del alcohol, hasta morir deshecho por la cirrosis cuando Tony era un adolescente. "Siempre he perdonado a mi padre", asegura Tony. "Cuando propinaba palizas a mis hermanos, yo era el que me tiraba entre medias para tratar de terminar la bronca", asegura. "Aún le quiero mucho, igual que quiero a los borrachos, porque sé lo que sufren", apostilla.

Por eso le duele la inconsciencia de los jóvenes que juegan con las drogas y el alcohol. "Mírenme -apunta-. No tengo brazos por una droga. No me digan que éstas no afectan al cuerpo. Las usamos para escaparnos de algo, o por buscar la alegría". Cuando tenía catorce años, cogió por primera vez la guitarra de su padre y la comenzó a tocar con los pies. Dos años más tarde ya tocaba en el coro de su parroquia, y desde entonces no la ha dejado.

A pesar de sus limitaciones físicas, Meléndez asegura que es feliz, y que el secreto de su felicidad reside en Dios. "Todo lo que tenemos -coche, casa, esposa, etc.- es importante. Pero cuando muramos, sólo quedará Dios y tú", apunta. "Él nos dirá: ¿Has vivido una buena vida? ", se pregunta. "Los problemas no son tan grandes si te-nemos a Dios. Él nunca permite que nos ocurra más de lo que podemos soportar", explica. "Cuando tenemos más y más, no se halla la felicidad", afirma.