Sin brazos ni piernas, logra ser campeón de lucha libre
(La Razón, 7 de marzo de 2007)
«Sin excusas». Es el título de un libro de la editorial Ciudadela, pero, sobre todo, es el lema que guía la vida de un deportista que ha traspasado todos los límites que a primera vista le impedían ser un auténtico campeón. Nació con una amputación congénita en los brazos y en las piernas y, sin embargo, Kyle Maynard, de 20 años, ha conseguido coronarse como uno de los campeones de lucha libre en el estado de Georgia y se ha hecho con el récord mundial en la categoría de halterofilia modificada en banco al levantar 163 kilos, tres veces el peso de su propio cuerpo. Unos logros que, según explica él mismo en su libro, son fruto de un estilo de vida dominado por el esfuerzo y la constante superación personal. Pero también son resultado del amor de su familia y de la fe en Jesucristo, dos pilares que le han servido para no desmoronarse ante las dificultades que ha encontrado en su vida.
Kyle cuenta con muñones en lugar de manos, por lo que aprender a escribir, comer y vestirse sin ayuda son sólo algunos de los retos a los que se tuvo que enfrentar cuando era sólo un niño. Pero eso no fue lo peor. Kyle pronto se encontró con las fugaces miradas de lástima e incomprensión de la gente que se cruzaba por la calle. Pero lejos de desanimarle, el joven decidió afrontar estas situaciones con valentía: «Miro a todo el mundo directamente a los ojos, como un igual, como Dios nos creó a todos. Cada uno de nosotros es un ser único y cada uno de nosotros es igualmente valioso a los ojos de Dios», explica.
Su pasión fue siempre el deporte. Comenzó jugando al béisbol como un niño más y jamás utilizó su evidente desventaja física como excusa para no dar lo máximo de sí mismo. «Las excusas son simplemente una forma de evitar un obstáculo sin esforzarse en vencerlo», subraya.
Su verdadera vocación vino con la lucha libre. Con sólo un metro y veinte centímetros de altura, para Kyle no fue fácil competir en igualdad de condiciones con sus contricantes. De hecho, durante su primer año y medio en competición, Kyle no ganó ni un solo combate, pero en todo ese tiempo, explica, «me mantuve firme gracias a la oración, la familia y las ganas de sacrificarme con sudor y esfuerzo para hacer frente a los desafíos». «Creo que Dios sólo nos manda los retos que Él sabe que somos capaces de afrontar. Si nos enfrentamos o no a esos retos, dependerá de nosotros. Gozamos del libre albedrío y de la capacidad de hacer cualquier cosa si nos ponemos completamente en manos de Dios», asegura el joven.
Así que Kyle se enfrentó a sus retos y, con el tiempo, empezó a cosechar numerosas victorias, a pesar de otros tantos sacrificios. «Todos sufrimos golpes, duras caídas en algún momento de nuestra vida, pero sólo los fuertes se levantan de nuevo, se sacuden el polvo y siguen adelante, reanudando la lucha. Esa fuerza procede del interior de uno mismo, de la familia y de la fe».
Actualmente, Kyle se maneja sin prótesis, va a la Universidad en su propio coche adaptado, tiene una pulcra caligrafía y puede mecanografiar más de 50 palabras por minuto. Pero, sobre todo, Kyle es una fuente de inspiración para miles de personas. Su entrenador durante años asegura que «después de conocerlo, todos sentimos que algo ha cambiado dentro de nosotros».
