No debe morir
(ABC, 24 de marzo de 2005 - Eugenio Nasarre, Portavoz del PP en la Comisión de Educación del Congreso). Escribo estas líneas ante la fotografía de mi hijo Mauro, paralítico cerebral, que falleció hace cinco años, cuando contaba con veintitrés años de edad. Veo su mirada, su rostro y su boca entreabierta, que me producen una infinita ternura.
He visto, por la televisión, el rostro, la mirada y la boca entreabierta de Terri, que me han producido, también, una infinita ternura. Nada es comparable, desde luego. Pero mi mujer y yo hemos visto rasgos semejantes en Mauro y Terri. Nos lo hemos dicho espontáneamente.Terri yace en un lecho y las imágenes nos la muestran, a veces, incorporada con unas orejeras que le sujetan la cabeza. No puede hacer ninguno de sus actos vitales por sí sola. No puede comer ni beber naturalmente. Lo hace a través de una sonda. Terri tampoco es capaz de expresar sus sentimientos ni de comunicarse. Pero, alimentada por la sonda, vive. Algunos llaman a la situación de Terri «estado vegetativo persistente». Los respeto, faltaría más, sobre todo si pertenecen al ilustre club de expertos en bioética. Sus opiniones me merecen una alta consideración. Pero tal califiçación del estado de Terri es en sí misma una condena, una terrible condena. Yo no quiero caer en el vicio de «lo políticamente correcto». Y los científicos podrán describir las situaciones utilizando las palabras que quieran. Pero yo no veo a Terri como una planta. La veo como un ser humano desvalido, y que vive. La veo como una persona dotada de una dignidad radical. Y, por eso, yo ni nadie podemos disponer de su vida. Y, por eso, como la veo como un ser radicalmente digno y, al mismo tiempo, radicalmente indigente, mi deber y mi inclinación es asistirla y ayudarla, en lo que pueda, a vivir, mientras pueda vivir.
Mi hijo Mauro también padecía una grave lesión cerebral irreversible. No podía hablar ni hacer ningún acto elemental por sí mismo. Le dábamos de comer y de beber con paciencia. Quienes tienen hijos o familiares paralíticos cerebrales con graves lesiones lo saben. Algún día alguien le dijo a mi mujer que probablemente llegaría un día en que nuestro hijo no podría comer naturalmente y sólo podría hacerlo mediante sonda. ¿Era el anuncio de una terrible condena? Conocemos casos de paralíticos cerebrales que se encuentran en tal situación. ¿Han llegado al «estado vegetativo persistente»? ¿Habría que dejarlos que se deshidratasen y que murieran por inanición? ¿Dónde están las fronteras? ¿Quién tiene derecho a fijarlas?
Los padres de Terri no quieren dejar morir a su hija como muere un vegetal. Yo me siento identificado con ellos. No creo que se trate de un caso de «encarnizamiento terapéutico», al que yo me opongo. Pero no podemos llamar «encarnizamiento terapéutico» a cualquier cosa y a cualquier situación.
Todos, incluso los que pertenecen al ilustre club de la bioética, tenemos que examinar bien lo que decimos y lo que defendernos. No todos los que viven necesariamente asistidos con técnicas artificiales deben ser considerados víctimas del «encarniza miento terapéutico». Si fuera así, la batalla por la vida humana estaba definitivamente perdida. Pero tampoco la regla de la reversibilidad o irreversibilidad es convincente como ley universal.
Reconozcamos, al menos, que muchos de los casos en que aparece el concepto de «encarnizamiento terapéutico» son dudosos, terriblemente dudosos. En estos casos mi convicción es que, si queremos mantener una sociedad verdaderamente humana, hay que aplicar siempre el principio del «favor vitae». Hay que estar siempre que se pueda al lado y a favor de la vida humana. En el caso de Terri sus padres han defendido y defienden este principio con claridad. No podría nunca juzgar tal actitud corno «encarnizamiento terapéutico», y menos al contemplar a Terri. La juzgo como amor a la vida y a su hija. ¿Puede una sociedad desoír la demanda, la súplica de los padres de Terri?
El concepto de dignidad radical del ser humano es el fundamento último de nuestra civilización. De él han emanado construcciones tan fecundas como las de los derechos humanos, cuyo exclusivo titular es la persona. Pero el concepto de dignidad es algo precioso, que no podemos devaluar ni relativizar, porque todo el edificio se nos viene abajo. Y como todo bien precioso lo debemos cuidar al máximo, aunque nos cueste, aunque nos imponga aparentes sacrificios. Cuidar de la dignidad humana es aplicar el principio del favor de la vida humana. De la vida deTerri, como desean y suplican sus padres.
